Historias de calles desiertas - “Ahora de grande”

Columnas 26 de junio de 2020 Por Ezequiel Yebara
Hoy cuando desperté me acordé de ella. Cuando era chico mis abuelos se turnaban para retirarme a la salida del colegio. Mi abuelo era un tipo más bien duro, con voz ronca, como raspada por piedras. Se enojaba cuando yo me adelantaba corriendo y él tenía que apurar el paso para no perderme de vista. El pobre se fatigaba, por los años y por la siesta que no podía dormir porque me tenía que ir a buscar.
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Ahora de grande - Ilustración: @juanyebara

A mi abuela Alba.

Hoy cuando desperté me acordé de ella. Cuando era chico mis abuelos se turnaban para retirarme a la salida del colegio. Mi abuelo era un tipo más bien duro, con voz ronca, como raspada por piedras. Se enojaba cuando yo me adelantaba corriendo y él tenía que apurar el paso para no perderme de vista. El pobre se fatigaba, por los años y por la siesta que no podía dormir porque me tenía que ir a buscar.

Era bueno pero era un tano calentón. Un día lo hice enojar tanto que me quiso dar un golpe en la cabeza para calmarme, no se dio cuenta de que en la mano tenía las llaves y me las zampó con mano y todo. Fue más ruido que dolor, pero recuerdo que usé el episodio para cubrir mi travesura. Con mi abuela las cosas eran distintas. Al pasar el tiempo descubrí que era porque ella era veinte años menor que mi abuelo. No fumaba, hacía deporte y creo que nunca la vi quedarse quieta. Y cuando digo nunca, es nunca. Quizá solo durante la cuenta regresiva de alguna Navidad o Año Nuevo, diez segundos, nada más.

En esas caminatas de regreso del colegio, me acuerdo de dar la vuelta para asegurarme de si ella estaba detrás mío y verla con el andar apurado, todo tipo de bolsas y mi mochila. No solo que me adelantaba y mis abuelos debían caminar más rápido, sino que también los hacía cargar mis cosas. Crecí con demasiada impunidad.

El barrio era tranquilo, sin edificios y con casas grandes en las que vivían los chicos que iban a la misma escuela que yo. A unas cuadras de mi casa, digamos a unos diez o quince minutos a pie, porque en esa época siempre se caminaba, estaba el centro comercial del barrio.

Tenía un gimnasio con pileta, al que de chico me encantaba ir hasta que crecí y me empezó a dar asco compartir el agua con tanta gente al mismo tiempo, un cine en el que me di mi primer beso, dos supermercados y dos locales que vendían de todo.

Juguetes, galletitas, tarjetas para todo tipo de eventos, lácteos, billetes de lotería, CD s, cassettes, artículos de librería, libros, diarios y revistas.

Fue en uno de esos locales que la vi a ella por primera vez y donde la volvería a encontrar muchas más, no sé hasta cuándo. Porque un día la dejé de ver, y no sé cuánto tiempo exacto pasó entre la primera y la última vez. Porque era chico y cuando sos chico no entendés de asco, distancia, vejez, tiempo, cansancio o por qué la gente desaparece.

En ese primer encuentro habíamos entrado con mi abuelo al local para que comprara cigarrillos y golosinas. Con los años entendí que mis golosinas eran su coartada y que los puchos eran la causa de la voz rasposa y el andar fatigado. Yo andaba entre las góndolas que para mí eran tan altas como los árboles y mi papá. Caminaba con el brazo extendido y jugaba a tocar con la yema de los dedos los diferentes productos. En un momento tiré sin querer unas pequeñas bolsas con banditas elásticas que se cayeron al suelo haciendo un ruido seco que hicieron que ella y yo nos sobresaltáramos. Nos miramos fijo. Fue la única vez que intercambiamos una mirada tan extensa, como si intentáramos leernos la mente.

En realidad ella se asustó porque creyó que venían a echarla mientras que yo esperaba, como esos dolores de panza inevitables que me venían en la oscuridad, el reto de mi abuelo. Nada de eso ocurrió, la voz ronca de mi abuelo interrumpió el encuentro con un “dale vamos que tu madre nos espera”, yo me fui sin levantar lo que había tirado y ella siguió con lo suyo.

No olvido esa imagen. La mujer era alta como los árboles y mi papá. El pelo largo, sucio y marrón con un par de canas que se mezclaban tímidas pero con decisión. La espalda algo encorvada, un abrigo largo lleno de pelusas, los ojos negros y gastados como una noche de madrugada.

En otro de los encuentros ocurrió algo confuso y gracioso donde mi abuela creyó que la mujer me quería secuestrar. En realidad lo que pasó fue que yo no dejaba de merodear alrededor de ella cada vez que la veía para lograr entender qué era lo que hacía siempre entre los pasillos en esa actitud sospechosa, en ese estado de alerta constante, por qué estaba ahí. La tarde de la confusión mi abuela me vio muy cerca de la mujer, se asustó y le dijo al encargado del local que la señora era una ladrona, a lo que el muchacho respondió que deseaba que todos los ladrones fuesen como ella.

Nos cruzamos una y otra vez, la llamaba “la mujer del abrigo”. Iba a los distintos negocios, como mis abuelos y yo. Ellos me regalaban golosinas o juguetes, yo corría entre los pasillos, ellos se compraban atados de cigarrillos o cartones de lotería.

La mujer del abrigo leía. Alternaba su mirada entre el diario, libro o revista que encontrase esa tarde disponible con lo que pasaba alrededor para ver quién era el empleado de turno, si era el que no le decía nada o él que la echaba. A medida que crecí entendí y valoré más y más lo que ella hacía. Amaba leer y no le importaban las miradas de las viejas del barrio o el insulto de algún estúpido de traje. Ella leía y era como si el mundo no existiera. Ese mundo de los otros, del que no formaba parte y que la había expulsado con el mismo azar antojadizo que tenían nuestros encuentros entre los pasillos de los negocios.

Me gustaría pedirle perdón en nombre de todos los del barrio, decirle que la entiendo y que lo más lindo que tiene ese mundo que le era ajeno es eso que ella hacía escondida entre las góndolas.

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