Cuando la libertad está en juego ¡Ni un paso atrás!

Editorial El miércoles Por Medio Mundo
Desde que se instaló el Gobierno encabezado por Lacalle Pou, el tema comunicacional ha estado en el centro del debate. Pomposas conferencias de prensa, una imagen omnipotente y presente, con fuerte impronta presidencialista y tres o cuatro voceros de buen semblante, fueron suficientes para engatusar a un estrado que se sintió parte de un circo mediático, tan efímero como frustrante.
Editorial

Es que esa imagen se ha venido desmoronando como un castillo de naipes, a consecuencia de una cadena de desaciertos constantes en el manejo sanitario de la pandemia y la ausencia del Estado en la gestión económica.

Con el paso del tiempo, medios y comunicadores, empezaron a tomar distancia del claque servil y complaciente, y comenzaron a aparecer en distintas circunstancias voces disidentes desde el “statu quo”, que fueron silenciadas en confusos episodios.

A su vez, las honrosas posturas de algunos medios importantes y periodistas de enorme dignidad, que han venido padeciendo despidos, persecución y presiones encubiertas, han logrado perforar ese cerco que parecía infranqueable.

Las declaraciones efectuadas por la APU, el reporte de CAINFO y el Informe de la cadena estatal alemana Deutsche Welle, son expresiones palmarias que han trascendido la esfera nacional y nos colocan en el mundo como un país en el que la libertad de expresión está amenazada.

Basta con leer las modificaciones planteadas a la ley de medios audiovisuales, el rechazo a las solicitudes de informes basados en la ley de acceso a la información pública, y las catervas de improperios que algunas y algunos legisladores oficialistas escriben en las redes sociales, cada vez que desde el periodismo se hace un señalamiento que los interpela, para comprobar que ya no hay escrúpulos cuando se trata de meterle presión a todo aquel que opina diferente, y eso también excede a los trabajadores de los medios de comunicación.

Se ha instalado peligrosamente el método de “meter el peso”, actuando como una patota que se ampara en la impunidad de sus fueros para atropellar irracionalmente y amedrentar. 

Y no es solo la libertad de expresión lo que está en juego, es la libertad de pensamiento, expresada en los diferentes ámbitos, sea la cátedra, prensa, cultura o ciencia.

Resulta que cuando las opiniones de la academia, la comunidad científica o la de cualquier ciudadano o ciudadana no están alineadas con la visión ideológica del Gobierno, se les empieza a desacreditar, y hay medios que ofician de vehículos para construir un relato denostador y generar una percepción negativa hacia las voces disidentes.

Es un hecho que la batalla comunicacional transcurre en un escenario decisivo en la generación de opinión pública, porque hay una izquierda y una derecha que disputan el poder en todos los planos y en una coyuntura en la que se agudizan las contradicciones, no hay espacio para posiciones intermedias. 

La brecha está marcada por intereses antagónicos, que surgen naturalmente en una sociedad en la que coexisten clases sociales, interactuando, confrontando y eventualmente acordando, a través de los mecanismos que la democracia tiene para la resolución de los conflictos, cuyos acuerdos no tienen carácter permanente, ya que en un sistema democrático, es la correlación de fuerzas momentánea la que determina el estado de las cosas.

En ese marco, quien impone el relato, gana la batalla, porque obtiene opinión pública favorable a sus posturas. Son las reglas de juego que todos aceptamos y respetamos. Pero lo que no es admisible es el avasallamiento de las libertades, las amenazas veladas y el atropello de los derechos colectivos.

Podemos soportar la arrogancia y el desprecio, porque son características naturales de una derecha ilustrada que vive de apariencias y disimula sus prejuicios, que sonríe ante las cámaras pero gruñe a hurtadillas, que se jacta de la libertad responsable pero quiere imponer un Estado policíaco, que ama el arte y la cultura pero organiza eventos exclusivos y que actúa en forma reaccionaria cuando sienten que se amenazan sus privilegios, intereses y prebendas.

A esa derecha que se muestra atenta y cordial, preocupada por la emergencia social, pero alimenta sueños y distribuye limosnas, que miente sin escrúpulos y viste de cordero, le aguantamos sus berrinches, pero lo que no aceptamos es la intolerancia que conduce al autoritarismo y a la pérdida de la calidad democrática.

Nuestro límite es la libertad. Sépanlo. 

Te puede interesar