La supuesta maldad de China

Columnas 13 de julio de 2020 Por Agustín Courtoisie
En mi nota anterior comencé a explorar la primera de tres fake news pandémicas: la pretendida libertad de Occidente frente al autoritarismo de Oriente. Hoy voy a examinar  la convicción que el Sars-CoV2 es el resultado de técnicas genéticas utilizadas por laboratorios chinos. Y dejo para un próximo artículo  la enternecedora visión de que la pandemia representa una oportunidad nueva para el mundo.
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La supuesta maldad de China - Agustín Courtoisie

Pasemos al segundo mito. Es decir, a la idea de que la pandemia es “una creación china”. Según esto, el virus que provoca la COVID-19, o sea el SARS-CoV-2 sería una creación malévola de China, competidor de la perspectiva del mundo del señor Trump.

Hay que ser muy cuidadosos con esto porque todo mito tiene, tal vez, algún fondo de verdad. Después cuando esto se exagera o se generaliza, ahí sí se convierte plenamente en mito. Vamos a ver: si nos referimos a actividades científicas de laboratorios chinos, eso no se puede afirmar de esa manera. Ahora quiero señalar ciertos matices pero voy a buscar un ejemplo fácil. Comparemos a la ciencia en términos similares al uso que hacemos de Internet las personas comunes. Todos usamos Internet de modo común, pero después hay quienes acceden a la Deep Web, a la Internet profunda, donde se venden drogas, personas, armas. Con la ciencia, tal vez, ocurra algo semejante. Es decir, valoramos la ciencia como un conjunto de prácticas rigurosas de pensamiento y de experiencia, cuyos contenidos están razonablemente disponibles en forma pública, y sus avances tienen que estar expuestos al juicio recíproco de la comunidad científica involucrada. Eso es lo que hace que en ciencia tengamos alguna expectativa de que una teoría sea mejor que otra: por ese juego permanente de crítica entre los científicos. Además, lo que no se publica no existe, porque lo que no se publica no puede ser sometido a la evaluación de los pares y por lo tanto, no puede ser presentado como una teoría o un fenómeno acreditado.

Eso es lo que tiene que ver con la ciencia en la visión algo idealizada que tenía un Robert Merton, que hablaba del ethos de la ciencia: los saberes de la ciencia deben ser compartidos, su conocimiento es universal, la ciencia institucionalmente es desinteresada y supone un “escepticismo organizado”, porque es en extremo prudente frente a lo que se pretenda afirmar con seguridad. En otras palabras, sería una contradicción en los términos hablar de “ciencia oculta”. Sin embargo, en las últimas décadas autores como John Ziman han desarrollado el concepto “ciencia posacadémica”. La ciencia posacadémica es un tipo de ciencia que se inclina ante las necesidades del secreto industrial, o de la exigencia de los gobiernos y de las empresas de que los adversarios no se enteren de lo que están haciendo. Y esto es similar a la Deep Web que aludíamos con anterioridad. Es un camino peligroso, porque entonces, en ese terreno, no sabemos qué tipo de cosas se están urdiendo. Por lo pronto, ya no tenemos las mismas certezas, dentro de lo razonable y humano, que tenemos cuando la ciencia se publica en revistas arbitradas, de circulación entre las comunidades involucradas. 

Ese tipo de ciencia que se practica a la sombra de los gobiernos, o de los laboratorios privados, ya es un tipo de práctica diferente. Con estas nociones previas regresemos a la idea de que el virus que da origen a la Covid19 lo creó China. Si nos referimos a la ciencia en términos del ethos mertoniano, es decir, la ciencia académica, entendida como conjunto de actividades de comunicación en congresos, coloquios, publicación de papers en revistas arbitradas, etcétera, en ese sentido, puede rechazarse con firmeza esa afirmación. 

Por ejemplo, cualquier ciudadano inquieto tiene a disposición documentación que permite descartar esa especulaciones. El 9 de noviembre de 2015, en la revista Nature Medicine, se publicó un artículo de quince especialistas de distintas universidades del mundo. Se trata de "A SARS-like cluster of circulating bat coronaviruses shows potential for human emergence". Los autores provenían de universidades de diferentes países. Por ejemplo, Vineet Menachery trabajaba en la Universidad de Carolina del Norte, pero estaban también Zhengli-Li Shi y Xing-Yi Ge, que pertenecían a la Universidad de Wuhan, donde se suele decir que empezó todo. Además participaban científicos de las universidades de Zúrich y Boston. Es decir, un grupo plurinacional de científicos trabajaron en algo que casi parece profético respecto de lo que luego vendría. Escapa a los propósitos de este artículo detallar las biotecnologías genéticas utilizadas. Pero sí es relevante señalar que en el equipo había dos chinos y el resto (trece científicos) era de otras nacionalidades. De modo que, si nos referimos a los caminos normales de la ciencia, nadie puede afirmar que el nuevo coronavirus sea culpa de los “malvados” chinos. 

Ahora bien, desde el punto de vista de la ciencia “posacadémica” sobre la que advertía John Ziman, es decir, de la ciencia que se practica a la sombra del financiamiento militar, sobre todo en los países hegemónicos en el mundo, es oportuno citar el libro El dominio mundial. Elementos del poder y claves geopolíticas (Ariel, 2018). El autor es Pedro Baños, coronel en situación de reserva (España), ex jefe de Contrainteligencia y Seguridad del Cuerpo del Ejército Europeo en Estrasburgo. Especialista en relaciones internacionales, inteligencia, defensa y terrorismo, Baños participó en misiones en Bosnia y Herzegovina. 

En la edición española de este libro, en las páginas 36 y 37, el autor se refiere a “las otras armas de destrucción masiva” e involucra a todos los grandes estados hegemónicos en el mundo.”Si las armas nucleares son temibles, igual o más preocupantes lo son las químicas, biológicas y radiológicas”, afirma, porque son muy difíciles de controlar. Entre otras razones, por “el uso dual civil-militar”. En cuanto a la “Clasificación de las armas químicas”, las enumera por tipo de agente: dermotóxicos (como las mostazas), neurotóxicos (por ejemplo, sarín), hemotóxicos (como el ácido cianhídrico), neumotóxicos (como cloro y fosfogeno). 

En la página 38, encontramos también una “Clasificación de los agentes biológicos”. Entonces, cuando yo decía que todo mito tiene un fondo de verdad, y que probablemente hay muchos especialistas al servicio de las formas más atroces de la guerra, al lector de El dominio mundial no le quedará ninguna duda. Hay enormes recursos destinados a estas producciones de armas de destrucción masiva: bacterias y rickettsias (como el ántrax y el cólera), virus (por ejemplo, gripe, viruela y fiebres hemorrágicas como el ébola), hongos y toxinas (botulínica, ricina y aflatoxina). Entonces, decir que es “una creación china”, en el fondo es ignorar todos estos matices o ser cómplice de la hipocresía de los grandes países del mundo que dedican fortunas a este tipo de armas.
 En mi próxima nota me ocuparé de la enternecedora visión de que la pandemia representa una oportunidad nueva para el mundo y que la mayoría disfrutará de la “nueva normalidad”.


Referencias

BAÑOS, Pedro (2018). El dominio mundial. Elementos del poder y claves geopolíticas. Barcelona: Ariel.

MENACHERY, Vineet et alter (2015). “A SARS-like cluster of circulating bat coronaviruses shows potential for human emergence”, Nature Medicine, Volume 21, Number 12, december 2015.

*  Ex Director Nacional de Cultura (MEC). Profesor de filosofía, docente en la FIC – Udelar, autor, entre otros libros, de A ciencia cierta (2010) y Ciencia kiria. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad (2018).

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