
Deseo, tiempo y memoria

En medio de esas dudas quizás haya que optar por el hombre completo que filosofa con Martin Heidegger: “Solo el discurso verdadero hace posible el silencio auténtico”. Ocurre que una serie de conceptos medulares recorren su obra, sin olvidar que Nadal Vallespir pide que se respeten las fronteras entre psicoanálisis y literatura (Vallespir, 2011, pp. 150-153).
Eso sí, hay que caminar mucho para conseguir sus textos. Sin descartar recurrir a los clásicos locales de usados en Tristán Narvaja, las tres obras que ocupan esta rápida panorámica se pueden encontrar en algunas librerías de la avenida 18 de julio de Montevideo (con un poco de tenacidad).
Siempre es mejor empezar por los relatos (Vallespir, 2004, pp.127-133). Muchos lectores se engancharán a partir de allí con el resto de sus páginas escritas en otros registros, teóricos o ensayísticos.
A modo de advertencia, parafraseo aquí un viejo lema cuya referencia original he olvidado. Lo diré con mi propias palabras: poetas buenos hay muy pocos, y los que lo son, no son buenos todo el tiempo. Lo mismo ocurre con los narradores, los músicos, los filósofos. No me gustan todos los cuentos de Nadal Vallespir. Pero los que me gustan, me gustan mucho. Y los que no, advierto en ellos de todos modos, siempre, algún clima, algunos personajes, alguna idea en estado de espora, que probablemente encontraré desenvuelta con gracia en otra página. (1)
Dentro de los cuentos de Entonces el tiempo, “Huidizos ojos verdes” es una joyita. Un robo con arma blanca, cercano a un cajero de un shopping, desencadena recuerdos que conducen a ciertas tragedias íntimas, que no es prudente adelantar. Los estudiantes de comunicación tienen disponible allí el esbozo de un guión para un cortometraje que podría ganar varios premios, igual que los que ganó el autor con el relato.
Hay algo muy visual en sus textos. Por ejemplo, en descripciones como ésta de “Envés de la simultaneidad”:
“El hombre sigue allí, sin moverse, ajeno al tiempo, tal como él lo vio un rato antes. Le recuerda a esas personas que aparentan ser de una sola pieza, pintadas y vestidas de blanco de pies a cabeza, cristalizadas en posturas rígidas, sin permitirse el más mínimo pestañeo, casi inanimadas, convincentes estatuas de mármol instaladas en parques y plazas, cuya voluntaria inmovilidad las destaca del conjunto en constante movimiento” (Vallespir, p. 114).
Pasemos a su obra ensayística y teórica. En La muerte y otros comienzos (Vallespir, 2000) el esclarecedor prólogo de Daniel Gil realiza varias precisiones. Dado el público habitual de Mediateca, al que destinamos estas breves líneas, no ahondaremos en detalles técnicos del psicoanálisis, freudianos o lacanianos. Pero por lo menos hay que consignar que, según Daniel Gil:
“El análisis que despliega Nadal de la interpretación, siguiendo a Lacan y Nasio, hace de ella algo que no es exclusivo del analista, tampoco del paciente,, sino que es, como el inconsciente, del entre-ambos. Hay una vieja etimología de ‘interpretar’ que no es verdadera, pero no por ello deja de ser poética y, por lo tanto, dejarnos una verdad. Dicha etimología dice que interpretar viene de interpectoris: algo que se realiza entre dos pechos, o entre dos corazones o entre dos cuerpos” (Vallespir, 2000, p. 10).
No en vano se advierte cierto peculiar equilibrio en las páginas de La muerte y otros comienzos. Algo que se balancea entre lo psicoanalítico más conceptual y lo vigorosamente experiencial, y es uno de los factores más atractivos del volumen.
Es más, los ejemplos que siguen permitirán al lector imaginar el talante de Vallespir como psicoanalista en acción.
En “El canto de la tierra… ese eterno retorno” comienza con este tremendo gancho al mentón:
“Me contaron de una niña a quien se le había diagnosticado leucemia. Sus padres sufrieron enormemente con la certeza de la próxima muerte de su hija. Finalmente, supieron que había sido un error. La niña les dijo después que durante el tiempo que persistió la creencia en su inevitable muerte, ella lo veía en sus caras” (Vallespir, 2000, p. 23).
Otro ejemplo. En “El humor en la interpretación”, Nadal Vallespir comenta el caso de un paciente:
“Un analizando insiste, angustiado, en que su madre le cagó la vida. Finalmente le digo que, en tal caso, él se ubicó justo en el lugar donde le caía la mierda de su madre y que además debería de gustarle ya que si hubiera querido evitar eso, le habría bastado con correrse. Sorprendido, se ríe” (Vallespir, 2000, p. 69).
Propongo un ejemplo más de La muerte y otros comienzos donde de nuevo el humor campea, seguramente liberando angustias. En una nota final del capítulo “La escucha y la interpretación. Lo inconsciente común y el retorno de lo reprimido”, refiere esta anécdota:
“Una adolescente llega muy tarde a su casa después de haber mantenido relaciones sexuales con su novio. Sus padres le preguntan de dónde viene. Ella responde inmediatamente y sin dudar: ‘De coger en un auto frente a la plaza’. Las risas de todos los presentes alivian la tensión. El engaño se vistió de verdad” (Vallespir, 2000, p. 113).
Por último, recomiendo con énfasis su libro Tiempo y memoria (Vallespir, 2011). El volumen recoge trabajos posteriores a La muerte y otros comienzos (Vallespir, 2000) y se divide en tres secciones: “Uno. La transferencia. Tiempo de deseo, tiempo de duelo”; Dos. El cuerpo. Marcas de la memoria”; y “Tres. Tiempo y memoria”.
El lector especializado encontrará varias pistas en el prólogo de Myrta Casas de Pereda para transitar un libro que, una vez más, se compromete con el difícil equilibrio de lo literario, en este caso de agradable corte ensayístico, y por otro lado, lo técnico teórico psicoanalítico, si se me permite poner en fila esas tres palabras. Y no se trata del mero hecho de que la mayoría de los trabajos hayan sido presentados con anterioridad en revistas, jornadas y congresos académicos, al igual que comprensiblemente lo hizo Vallespir con La muerte y otros comienzos (2000).
Aclaro también que no rehuyo ponerme más profundo, hasta donde mi distancia de las teorías psicoanalíticas, o mi ignorancia de ciertos aportes recientes, lo podrían permitir. Es que por motivos que expliqué líneas arriba la presente nota crítica se propone invitar también al público general. Por eso debo consignar aquí los dos epígrafes iniciales que marcan la cancha del resto de las páginas.
Vallespir revela en la elección de esos dos epígrafes cierta posible tensión entre abordajes, sin perjuicio de que todo pueda resolverse luego en complementariedades o mutuas iluminaciones.
Primero, Vallespir apela a Juan Carlos Onetti: “Ya dije muchas veces que escribir es un acto de amor. Y sin eufemismo”. Y luego, planta como una bandera la frase de Jacques Lacan: “Así el símbolo se manifiesta en primer lugar como asesinato de la cosa, y esta muerte constituye en el sujeto la eternización de su deseo” (Vallespir, 2011, p. 9).
Esta transcripción no hay que entenderla en el sentido de que Tiempo y memoria (Vallespir, 2011) sea un hueso duro de roer para el lector no especializado. Apenas quiero sugerir que al igual que durante un análisis psicoanalítico, nada importante se consigue sin trabajo.
Por eso vale la pena empezar concienzudamente con la Introducción del propio autor (Nadal, 2011, pp. 27-33), donde desglosa y anticipa con claridad sus propósitos. Después, recomiendo una “atención flotante”: pasear de adelante hacia atrás en estas páginas que siempre dejan algo, estimulan, enseñan, revelan, explican, inducen procesos. Y no importa si se advierten ciertas repeticiones entre este opus de 2011 y el de 2000, porque nada vuelve a ser igual cuando aparece de nuevo.
Creo que es imperdible la fuerza junto a la habilidad, la energía vibrante de los tres libros que aquí hemos aludido, más que comentado.
No fue casualidad que la encargada de una librería donde encontré, finalmente, uno de los títulos que me faltaban, me preguntara si yo me refería al formidable tenista Rafael Nadal. Es que contra un frontón se puede practicar pero el tenis, como el psicoanálisis, se juega mejor de a dos, por lo menos.
Invito a que cada uno lea sin pasividad a Nadal Vallespir y tome su raqueta.
NOTAS
(1) Es curioso el modo en que recordé esa observación sobre los poetas, si la comparo con la versión original. Agradezco aquí la comunicación personal con Rosario Peyrou, quien me explicó que el autor era Guido Castillo y que la frase exacta es: “Pocos son los poetas y los pocos que son, lo son muy pocas veces”.
REFERENCIAS
Vallespir, Nadal (2000). La muerte y otros comienzos. Prólogo de Daniel Gil. Montevideo: Trilce. Ilustración de portada: Andrea Finkelstein, 1997.
Vallespir, Nadal (2004). Entonces el tiempo. Montevideo: Orbe Libros. Ilustración de portada: “Un ómnibus” de Andrea Finkelstein, 1997.
Vallespir, Nadal (2011). Tiempo y memoria. Urdimbre(s) de (la) Literatura y (del) Psicoanálisis. Prólogo de Myrta Casas de Pereda. Montevideo: Orbe Libros. Ilustración de portada: Nabil Satut, 2000.
CRÉDITOS DE FOTOGRAFÍAS
Portada: Agustín Courtoisie, 2025 / Final: Mauro Flügel Courtoisie, 2025. Sesión de fotos en “Atorrante café”, San José 1300, Montevideo.
EL AUTOR
Nadal Vallespir nació en1940 en Montevideo. Es médico psiquiatra y licenciado en Psicología. Se desempeñó en la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APU) y la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Escribió para publicaciones colectivas y revistas de psicoanálisis. Como psicoanalista, fue expositor en jornadas y congresos nacionales y extranjeros. Fue ganador de múltiples premios, entre ellos el Premio FEPAL (Federación Psicoanalítica de América Latina), galardones literarios municipales en el Uruguay y en el Festival Silvina Ocampo (Argentina). En los Premios Anuales del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) obtuvo su reconocimiento en la categoría inéditos por su conjunto de cuentos Continuidad de las noches, incluido en el volumen Entonces el tiempo (2004). Accedió también al Premio Fondos Concursables del MEC (2009) por Lazos de amor y muerte (Trilce, 2010).















