
Palabras que navegan tormentas

¿Qué ama? ¿Qué odia? ¿Qué lo hace llorar de alegría a Mauricio? Está oculto aquí, enredado en palabras.
Palabras que navegan tormentas, arenas, pieles y sedas. Palabras que se toman de la mano y danzan, ríen y gritan. Que apuñalan y no oyen. Pero yo las escuché. Palabras que se desnudan por su boca.
“Esto está repleto de monstruos y laberintos”, me dijo. Logré escudriñar circunstancias que él me había compartido y, sin dudas, es un escritor valiente. Porque se necesita valentía para escribir sin traicionarse a uno mismo, para recorrer con palabras el páramo propio donde él continúa buscándose.
Mi Tierra del Fuego es lejana y fría, pero los nuevos tiempos tecnológicos y el acceso inmediato a la comunicación nos acercaron hace un tiempo. Leer Insomnio (2022) me alegró y conmovió. Y, sin ser ni él ni yo hombres de fe, leí en sus páginas milagros, amores y pasiones, hastío y redención.
Este prólogo es para Monstruo, para Mauricio, descalzo en la arena hirviente del Yí, y para ese que imagino caminando en la rambla de granito rosado y salado, infinita.
Mauricio hace un trato en Monstruo y sigue sin traicionarse. Aún lo leo aferrado a un hilo invisible. Él dice:
“Sinfonía de grises laberintos que son un sendero seguro”.
Se siente cómodo en esas aguas turbias y, después de todo, como dijo el poeta:
“No entres dócilmente en esa buena noche, / que al final del día/ debería la vejez arder y delirar,/ ¡enfurécete!/ ¡Enfurécete ante la muerte de la luz!”
Mauricio me confiesa:
“Me sentí, y me hicieron sentir, como un monstruo a veces. Diferente. Hábil para el caos. Salí de ese lugar”.
Luego me envía una imagen.
“Por ejemplo, El Bosco, un pintor hereje y alucinado… ¿me hubiese pintado en su tela?”, se pregunta.
Más allá de la etimología de la palabra “monstruo”, su significado es inmediato, instintivo. No deja lugar a dudas. Desde niños lo llevamos en la mente, escondido en los recuerdos. Vivía debajo de nuestras camas, en el ropero, en las sombras de la ropa abandonada sobre una silla.
De adultos, nos mira a la cara. A veces lo vemos en el espejo. Es el miedo. La indiferencia. La ansiedad. La soledad. El tiempo.
En Monstruo también está el amor: sus hijos, Inés y Guillermo; su hermano, Pablo; sus padres; sus amigos; y también esos seres peludos que nos conectan a la tierra. Y aunque sé que es un lugar común decirlo, me pregunto: ¿para quién no lo es?
Coincidimos en una época monstruosa: rápida, cruel, injusta. Un mundo rebosante de infamias, pero también poblado por una legión de seres con esperanza.
Mauricio escribe y sublima. Siempre inquieto, siempre cercano a lo expresivo. Docente de expresión plástica durante muchos años, fotógrafo apasionado, vecino del Barrio del Tambor. Entre casas de otro siglo que guardan secretos, amores intensos y algunos monstruos olvidados. Todo eso en casi todas sus vueltas al Sol, en este mundo que gira sin compasión.
Mi entrañable amigo habita una guarida lejana, pero tiene un alma cercana. Es transparente en su pecho, en su cabeza, en su mirada, en el papel. Duda, se enoja, se burla de su monstruo, recuerda, transmuta, sana y comparte.
“Puedes... puedes ver el mar, puedes ver la luz, puedes más.../ Tú puedes contar las estrellas, guardar la más bella,/ remontar las nubes para no verlas jamás”.
Lucía Erlich. Desde el fin del mundo.
(Prólogo de Monstruo, de Mauricio Yacusa, 2025, págs. 9 a 11)
Selección de textos
A los olvidos
Dicen que cuando uno deja de recordar a sus muertos es cuando realmente mueren. A veces pienso en ellos solo para no soltarlos del todo, para que no se apaguen. El tata, mis abuelas Eva y Juanita, María, mi amigo Marcel... A algunos ya se les empiezan a borrar los rostros, como si la memoria se los llevara a otro plano. Entonces tengo que cerrar los ojos para convocarlos, forzar la imagen, apretar fuerte el recuerdo para que no se me escape.
Algunos se me aparecen en sueños, breves, borrosos, como mensajes entre líneas. Otros, como mamá y papá, aún están peligrosamente nítidos. Están enteros. Sus voces, sus gestos, la manera en que sonreían o se preocupaban.
Me gusta pensar que, si uno está lo bastante atento, ellos dejan señales. No sé si es fe, necesidad o simplemente un juego que me inventé para no sentir tanto frío. Pero creo —quiero creer— que nos cuidan. Como un susurro que dice: “es por ahí”. Como ver, entre la multitud, a un desconocido con su misma mirada, su forma de caminar, una expresión fugaz que nos golpea el pecho. Un reflejo, una grieta en la lógica. Como si hubieran cruzado a este plano solo por un instante. A saludar. A advertirnos algo. A decirnos que no están tan lejos como creemos.
Y a veces, sin avisar, vuelven a través de mis hijos. En una mirada idéntica a la de mi abuela, en un gesto, una mueca, ese pelo tan lacio que no se puede domar, o unas cejas que insisten en unirse. Pequeños detalles que saltan generaciones y reaparecen, como si el cuerpo también recordara lo que el alma no olvida. Hay algo mágico en ese transmutar silencioso entre generaciones. Algo que consuela. Algo que prueba que, de algún modo, siguen aquí.
Y aunque intento sostenerme en lo racional, lo científico, en lo tangible... no puedo. No del todo. Me digo: “qué estupidez, lo paranormal, las vidas pasadas, las energías, esas ideas de que no estamos solos en el universo…” Pero después, en silencio, me lo permito. Porque aunque suene ingenuo, romántico, incluso ignorante, me hace bien imaginar que hay algo más.
Hay cosas que no quiero explicar. Y está bien. Algunas ausencias merecen ser habitadas con misterio.
Lo que sí sé —y en eso no dudo— es que lo único que verdaderamente muere... es lo que olvidamos.
(Mauricio Yacusa en Monstruo, 2025, pág. 13)
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Memoria
Los abuelos en la vereda,
un ritual de sombra y calma,
me recuerdan a ese niño
perdido en brumas y alba.
Sus rostros se borran; la luz ha cambiado,
un sendero nace, otro ha agonizado.
Aprieto los ojos, no quiero olvidar,
pero el tiempo insiste en desdibujar.
Florcitas de paraíso, galletas doradas,
barba de maíz y el beige garufa,
pirinchos confiados, de alas calladas,
planean sus vuelos en siesta difusa.
La canela abraza el dulce arroz,
la harina blanquea la mesa gastada,
donde Juanita, con manos de historia,
amasando un saber, nunca dice nada.
El Tata murmura, sus ojos recorren
las horas marchitas en su muñeca,
y yo, que aún rondo aquel viejo patio,
veo ese mundo volverse niebla.
(Mauricio Yacusa en Monstruo, 2025, pág. 15)
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Créditos de la fotografía: © Agustín Courtoisie, 2025














