
Más allá del campo

En el año 2010, entre los libros de ese año con las recomendaciones del equipo de El País Cultural, me permití señalar algunas cosas del conjunto de poema De las cosas del campo de Aurelio Pastori.
Dije entonces que esa obra podía ser leída como si fuese un libro de ecología radical, por hacernos pensar en el tiempo y la Naturaleza con una suerte de mirada supra humana.
Otra lectura legítima era recorrerlo como un libro de filosofía, donde la memoria podría configurar un ser aparte, mientras la identidad individual cede ante los “milenios que limaron la montaña”. Pero esta antología de la obra poética de Pastori es todo eso y mucho más, especialmente por su lenguaje despojado puesto al servicio de lo ínfimo y lo inconmensurable.
Muchos años antes, en la desaparecida revista digital “Página Latinoamericana de Filosofía” que llevábamos adelante con Alberto Chá Larrieu, Luis Palacio y otros amigos, publicamos algunos poemas de Aurelio Pastori. Nos había sorprendido y cautamente lo hicimos notar en una breve introducción a algunos de sus textos.
Con ese antecedente, y quizás por su nobleza personal, su gratitud, o su conciencia de la proximidad evidente de su obra con la filosofía, Pastori me pidió que integrara el panel que presentaría este año De las cosas del campo. Como le prometí escribir lo que no pude decir esa noche, aquí van unas muy breves reflexiones para demostrar que ningún lector inquieto debería perderse ése o cualquier otro libro de Pastori.
Hacia 1996 yo había entendido su discurso poético de otro modo, quizás como un pudoroso anhelo religioso, o un rescate de cada pequeña cosa como parte de una eternidad que quizás nos miraba con buenos ojos. Hoy lo veo diferente.
Pero por entonces, nos sentábamos a tomar un té cuando Aurelio venía por Montevideo y yo, fascinado, le escuchaba recitar a Leopardi en su lengua original, o hablar de Shakespeare, con la misma naturalidad que me hablaba de las cosas del campo, ese oficio hecho de “pasivo bancario y esperanza”.
En esencia, ahora creo que Pastori es un poeta de la memoria, un poeta de la identidad y un poeta del tiempo.
De la memoria, en un sentido en que algo más allá de nosotros perdura, como si fuera una forma de conciencia, como si la memoria fuese La Memoria, un ser que nos incluye, pero que nos desborda.
Por ejemplo, en “Volvieron a ocupar la vieja casa”, el poeta afirma que: “Siempre quedó alguien/. Los animales de la ruina/ fueron llegando enseguida/. Enredaderas confiadas/ jugaron con su suerte/ a los muros/. Extrañas plantas/ aparecieron en el jardín”.
Luego agrega, de manera inquietante:
“La memoria/ esperó sin gente/ siempre ahí/. Sin mezclarse/ con esas/ poblaciones”.
El final es casi animista, cuando alude a que “los actuales moradores/ tan humanos”, tocan “los muros agrietados/ pensando que no respiran”.
Esos moradores humanos son ingenuos cuando afirman “estamos solos”.
Hasta allí vemos al poeta hablando de la memoria.
Ahora veamos como la memoria se conjuga con la identidad. Porque Aurelio Pastori es un poeta de la identidad en varias acepciones.
Primero, de la identidad individual, como la de los suicidas, que se van de este mundo igual que un niño que se aburre de su hamaca:
“Colgaba del árbol/ como una herida sola/. Ofensiva en la paz/ que salpicaba (…) Ese lazo/ trabajando/ compañero/ y anudado/. Movimiento todavía/ como un lento/ niño/ de la tarde/ que se cansa/ de la hamaca” (“Suicida”).
Pero hay otra identidad, la de pensarse, pensarnos, como un bucle en un océano, porque lo que importa es el océano, no el bucle. La Naturaleza, o Lo Otro es lo relevante, no tanto el hombre: “Los animales/ nos miran/ como hermanos” (“La seca”).
“Grieta del relámpago/: por un instante/ sin sombra/ la herida/ en el cielo de la noche/ estuvo sola” (“Propósito de la tormenta”).
Importa advertir que Lo Otro puede ser siniestro, indiferente. A Lo Otro (expresión siempre mía, no de Pastori) no le importa esa flor que “cumple sus días/ y nadie la verá/. Nadie se preguntará/ si existió” (“Así”).
No le creo mucho al poeta cuando dice que “las flores van a secarse y son felices”. En cambio le creo cuando narra la decadencia de “El águila cercana”, “cada vez más cerca del suelo/. Cada vez menos diferente de su alimento”.
Lo Otro es ominoso, como en “Luz mala”, “y se avecina/ sobre pies/ o sin ellos”.
De nada sirve compadecerse de esa “Mariposa/ vertical/ esa hoja/ que cae/ sola/ en la calma/ del mediodía/ vital/. Sola/ como el final/ y hay/ tantas/ hojas.”
A veces la identidad individual, pequeña, parece tomar contacto e inclinarse ante la otra identidad, gigantesca:
“El paisano siente/ la hostilidad/ y la semilla/. Mira ondular/ el mar inmóvil/ donde vive/. Sabe/ que la velocidad/ de la primavera/ no es él/. Que el cielo / le abrirá/ o le cerrará/ los destinos/. Como el lino florecido/ callará” (“Instantánea”).
Dije también que Pastori es un poeta del tiempo. Entendamos el tiempo como un Dios cruel, que avanza sin importarle nada. Tal vez Dios es el tiempo, o un nombre del tiempo, como le gusta sugerir a mi amigo el heideggereano Luis Pérez.
Pastori, por su parte, sostiene que:
“Los milenios limaron la montaña./ Quedó el granito diseminado/ como ciegos que nunca se encuentran” (“Ecosistema”).
En “De las cosas del campo” Pastori vuelve a poner las cosas en su origen. Ajeno a cualquier cursilería nativista que pudiera sugerir el humilde título a los lectores poco prevenidos, el propio autor parece querer regresar a su sitio, el campo.
El campo es la metáfora del cosmos, es la victoria de lo crudo infinito sobre la vanidad de lo cocido.
Un lugar oportuno para mostrar esas tres tendencias (la memoria, la identidad y el tiempo) llevadas al límite.
Todo es, o todos somos, como la roca que nadie miró:
“Seguramente nadie la miró/. Es una roca estéril/ en el campo/. La gente que hubo y hay/ es poca/ y ocupada en otras cosas/. Los animales/ no la necesitan/ Para las plantas/ es un imposible (…) El silencio la respetó/ durante siglos/ y la quiso así/ sola y sin memoria/ como todo lo que es realmente de él” (“Como amor”).
Página web: aureliopastori.org
Fotografía: fondo de la portada del sitio.
Idea: Aurelio Pastori hijo y Agustín Courtoisie.
Producción y Diseño: Maria del Huerto Rivero Olivera.
Fuente: reseña de Agustín Courtoisie publicada originalmente en la revista digital Letras Internacionales N°113, sobre el libro de Pastori De las cosas del campo (2010).












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