Historias de calles desiertas - Defensa

Columnas 11 de septiembre de 2020 Por Ezequiel Yebara
Un día en Belfast, capital de Irlanda del Norte. Murales de colores, un portón de acero que divide dos barrios y el miedo aún presente.
belfast 3
Historias de calles desiertas - Defensa - Ilustración: @juanyebara

Mark parecía desganado, casi tan ido como sus ojos. Imaginé qué tan difícil debería ser para él lidiar todos los días con turistas llenos de energía por recorrer Belfast, la capital de Irlanda del Norte.

El tour empezaba cerca del mediodía desde el City Hall (la municipalidad de la ciudad). La referencia que teníamos para reconocer a los guías era que llevaban un paraguas. Cuando nos acercamos al lugar lo encontramos sentado, con el paraguas cerrado y con la mirada perdida en el tráfico de la ciudad.

Antes de empezar le consultamos por un lugar específico al que queríamos ir: los murales de la paz pintados en el barrio católico de Belfast.

Tenía el pelo rubio enrulado, la piel era blanca como la de la mayoría de la población de la isla, era flaco, los ojos eran claros y el acento era el característico de la gente del interior irlandés, más allá de que su documento dijera que pertenecía al Reino Unido. A pocos minutos de empezar a hablar nos dijo: “todo mi ser es irlandés, mi acento, mis costumbres, mi manera de pensar y en Dublin me acusan de aliado de Inglaterra”.

Así de desconcertante es Irlanda del Norte, como un hijo que quedó en el medio de la disputa de dos padres separados. Por un lado la República de Irlanda, por el otro, el Reino Unido. La sensibilidad es tal que los edificios públicos de la capital no llevan ninguna bandera, todos los mástiles se encuentran vacíos.

Mark se sorprendió ante la consulta de ir a visitar los murales y el barrio católico. Dijo que nunca nadie se lo había pedido y que en general los turistas se interesaban por recorrer los edificios históricos del centro de la ciudad. Accedió con algo de desconcierto en la voz y dijo que nos llevaría pero sin nada que lo identificase como guía turístico.

Llegamos al barrio católico y nos contó del IRA (Irish Republican Army), del UVF (Ulster Volunteer Force), de los grupos para-policiales, los militares y la policía del Reino Unido. La violencia. Nos señaló las balas marcadas en un complejo de edificios, nos habló de los atentados, la cantidad de muertos y los hechos que a día de hoy, en menor medida, todavía ocurren.

Estábamos en el primer mural cuando su actitud cambió de repente, como si su peor temor se hubiera personificado detrás nuestro. De pronto se aceleró. Se sintió incómodo, cortó el relato en seco y nos pidió que avanzáramos.

Caminamos un poco y nos pidió disculpas. Nos dijo que había visto a un hombre que sacaba fotos con el celular y que uno nunca sabía quién podía ser, qué intereses tenía y qué le podían hacer a alguien que hablara de la disputa entre los católicos (identificados con la lucha a favor de la República de Irlanda) y los protestantes (partidarios del Reino Unido).

Recorrimos los murales que evocan las luchas de distintos pueblos por mantener su soberanía, los muertos por la violencia política en Belfast y las luchas de distintos colectivos defensores de los Derechos Humanos, entre ellas las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo de Argentina. Nos contó que durante los años de enfrentamientos más violentos esas mismas paredes eran pintadas con obras que incitaban a la violencia y a la lucha entre las dos facciones. Al final del recorrido llegamos al gran portón.

Abierto de par en par a los costados de la calle se alzaba un portón de acero, justo en el lugar donde los murales con los mensajes de los católicos se transformaban en pinturas con lemas protestantes. Mark nos dijo que ahí se dividían los dos barrios, que por las noches esa gran puerta se cerraba para evitar disturbios y que, más allá de la estabilidad y de la paz acordada, ningún político se atrevía a eliminar esa gran pared de acero que se alza durante toda la noche.

Al dejar el barrio católico de los murales, el guía se relajó automáticamente. Nos contó más historias de su infancia y del pueblo en el interior en el que nació. También compartió su opinión sobre lo que él creía sería el futuro de la ciudad.

Nos dijo que era músico, que hacía poco trabajaba en el sector turístico y que las generaciones jóvenes buscan dejar atrás un conflicto que se resiste a abandonar el país.

Cuando nos despedimos la expresión le había cambiado. La mirada era más firme, como las explicaciones y predicciones que hacía sobre el porvenir de Belfast. La voz no le boicoteaba el discurso y sonaba esperanzador. El miedo había quedado atrás, en alguno de los coloridos murales. Refugios de color y vida entre los grises del acero y los muros. 

Correo: [email protected]
Tw: @ezequielyebara

Te puede interesar