Historias de calles desiertas - ¿Subimos?

Columnas 10 de julio de 2020 Por Ezequiel Yebara
Un encuentro casual en las montañas, que marca el camino hasta el día de hoy.
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Historias de calles desiertas - ¿Subimos? - Ilustración: @juanyebara

Miraba el interior del refugio como un chico cuando entra a una casa nueva. Tomaba fernet con Coca-Cola en una botella cortada y preguntaba sobre todo, con entusiasmo, con curiosidad, con unos ojos que se abrían cada vez más grandes al escuchar las respuestas. Y si no entendía algo volvía a preguntar. Todos estábamos cansados después de caminar horas y horas para llegar al refugio Hielo Azul en El Bolsón, a más de 1500 metros de altura. Menos él.

Había subido con su hermana por el camino más largo, empinado y difícil. El sendero que nadie recomendaba. Él seguía de buen humor, con la camiseta del club de su ciudad, una de las pocas prendas que rescató de la mochila que escondió en el bosque porque después de caminar una hora le dijo a su hermana: “o dejamos parte de la ropa o me vuelvo”. Y la “descartó”, como le repetía a los incrédulos que escuchaban la historia.

Usaba prendas que no eran de marcas caras como los que la mayoría teníamos, no tenía vestimentas con tecnología de última generación que lo protegieran del frío o de la lluvia. Era la ropa con la que jugaba al fútbol con los pibes.

De a poco nos contó su historia, así con ese estilo despojado de todo, como los días que caminamos por los senderos de las montañas de la Patagonia argentina. Donde nos dimos cuenta de la cantidad de cosas innecesarias con las que convivimos diariamente y creemos de primera necesidad. Con la misma picardía y gracia en la voz con la que nos hacía un chiste o hablábamos de música, nos contó de su adolescencia. De la noche, las cosas que hizo de más y de un accidente que casi le cuesta la vida.

Nada le parecía imposible, nada lo asustaba, todo lo divertía como si al correr el velo de su vida pasada hubiera descubierto un nuevo mundo, la naturaleza, las palabras, la historia, su país, su propio cuerpo, la risa de su hermana.

No pasaba mucho tiempo sin hacer un chiste, sin burlarse de las obsesiones de alguien, como si él no las tuviese, como si recién a partir de ese momento las fuese a construir. Volvía a nacer, a ponerse objetivos, a retomar los estudios, planes y proyectos.

Había conservado en la memoria cosas importantes, como una gran cantidad de canciones del rock argentino para entretener un fogón con una guitarra en malas condiciones. No planificaba el camino ni el viaje más allá de lo que su felicidad le dictaba, así se sumó a lo que nosotros sí ya habíamos planeado fieles a nuestras estructuras y obsesiones.

Durante las largas caminatas que hicimos juntos, él decidía cada tanto salirse de la ruta y explorar nuevos lugares. No le parecía imposible ni la cumbre más lejana. Él quería llegar, no le importaba el cómo, siempre con esa mirada y esa sonrisa de mentira de Truco nos preguntaba: ¿vamos? ¿subimos hasta allá? En algunas ocasiones desistía de la idea porque nadie lo apoyaba, en otras desaparecía y de pronto gritaba desde quién sabe dónde sacándonos una foto, muerto de risa.

La última noche después de cenar salimos a fumar. Había una luna que se veía tan enorme como brillante, como si quisiera disputarle el lugar al sol. Él no resistió y propuso ir a verla desde el filo de la montaña que habíamos visitado esa tarde, al cual se llegaba por una caminata sin sendero y en el que había que usar sogas para ayudarse a avanzar. Esta vez no sonaba a mentira de Truco ni a picardía. Lo decía en serio y el resto de nosotros nos miramos algo preocupados, menos su hermana.

Desde adentro del refugio lo vimos emprender el camino. Se hizo tarde y nos quedamos dormidos. No sé cuánto tiempo estuvo allá afuera, nos despertó cuando volvió para decirnos que había llegado bien. Incluso, nos confesó al otro día que había pasado un buen rato haciéndonos señales con la linterna desde el filo para avisar que había llegado.

El encuentro con Jairo y Andrea fue simple e inolvidable, como los días que recorrimos los caminos de la Patagonia. Despojados y vírgenes de la contaminación que nos rodean día a día eran los ojos de él cuando preguntaba cualquier cosa o nos hacía un chiste. Tal era su desparpajo y descaro hacia las dificultades que nos ponían esos senderos naturales, que a partir de esos días todo parece más fácil, que cuando algo difícil aparece enfrente o vemos la cima de una montaña a lo lejos, nos miramos y nos preguntamos: ¿qué nos diría Jairo? ¿Subimos?

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