Historias de calles desiertas - De a dos

Columnas 07 de agosto de 2020 Por Ezequiel Yebara
Ezequiel Yebara narra en esta ocasión una historia del pasado que no se cerró. Un momento de debilidad que acabará con una sociedad.
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De a dos - Ilustración: @juanyebara

Ya en soledad, agradeció que los otros hubieran hecho más que él. Quería convencerse de que no era un cobarde. Si él también había participado. Sentado a la mesa de la cocina, fumaba y dejaba que el humo le entrase en los ojos para que se llenasen de lágrimas. 

Había dormido poco. Cada vez que se despertaba luchaba con los pensamientos. Las ideas se transformaban en pesadillas y las pesadillas renacían como reproches. A cada sobresalto se despertaba más transpirado. 

Miraba el reloj una y otra vez, deseaba adelantar el paso de las agujas. Reflexionó sobre el tiempo. Recordó cuando se habían conocido. Los primeros trabajos fueron travesuras. No escucharon las advertencias. 

Se sirvió un café que tenía manchitas blancas y probó unas galletitas húmedas. La luz del amanecer aclaraba el cielo de a poco. 

Buscó alguna distracción. Hojeó un diario viejo, leyó una noticia que le llamó la atención. Dos hermanos se habían matado a la vera de la ruta en una pelea. Negó con la cabeza, temeroso. Siempre discutían sobre salir o no en los diarios. 

Una vez él tuvo que rescatarlo de unos tipos que lo querían matar. Se lo recordaba cada vez que podía. El otro nunca decía nada. Lo dejaba regocijarse en ese único recuerdo donde él era el héroe. 

Como había hecho tantas veces en los últimos días, analizaba todas las posibles soluciones y salidas. Y nunca sabía cuál hubiera sido la mejor. 

Se preguntó cuánto tendría que fumar para vomitar. Caminaba de la mesa a la ventana, quería que saliera el sol. 

Hoy todo tarda más, pensó. 

Salió a la puerta. El cielo seguía entre la noche y el amanecer en un azul luminoso. Pensó en algún Dios. Como cada vez que esa puerta se abría, el viejo de enfrente espió por la cortina. Seguramente estaría con la duda de llamar a la policía. Por un momento lo distrajo la idea de planear una venganza contra el vecino. 

El humo había tomado el lugar y lo hizo toser. Encendió otro cigarrillo. Repasó dónde tenía escondido el atado de emergencia. 

Era el final de los días salvajes, violentos. Los estruendos, las corridas, las luces de colores. 

El silencio lo empujó a actuar. Buscó la ventana para tener mejor señal. Decidió llamar. Se posó sobre el contacto y dudó. Seguro que el otro sabría qué hacer. 

No era un acuerdo más, sería el último. Y uno de ellos dejaría la sociedad. 

A punto de apretar el botón para llamar, desistió. Era un cobarde, pero la amaba. Volvió a la habitación. Dejó atrás el humo de la cocina y la taza apoyada sobre el diario, con un círculo de humedad sobre los titulares. Ella dormía semi desnuda. 

Correo: [email protected]
Tw: @ezequielyebara

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