Historias de calles desiertas - El Hueco

Columnas 31 de julio de 2020 Por Ezequiel Yebara
Ezequiel Yebara nos trae un microrelato donde el momento de perder un tren convertirá la rutina de un transeúnte en una pesadilla de muchos.
huecoeditada
El Hueco - Ilustración @juanyebara

Se apuró cuando escuchó el ruido del subte. Llegó a la plataforma y la luz de la locomotora se asomaba por el túnel. Había tanta gente que no pudo subir. 

Se quedó junto a otros rezagados a esperar la próxima formación. Algunos caminaban con pasos cautelosos, para no perder el lugar. 

Pensó en esa señora que todas las mañanas le pedía monedas y decidió ir a darle las pocas que tenía en el bolsillo. 

Cuando llegó a las escaleras donde ella se sentaba no la vio. Escuchó una voz que retumbaba por las paredes, entre los escalones, por la suciedad del día a día, entre las lámparas que alumbraban con el blanco incandescente y gastado. 

Sintió un temblor por todo el cuerpo, perdió el equilibro, los dedos comenzaron a doblarse, se quebraron como ramas débiles, las uñas le crecieron de a poco y se pusieron negras. 

Se le secó la garganta y dejó de ver con claridad. Le costaba respirar, intentó gritar. Cuando pudo emitir un sonido no reconoció su voz. 

Lo invadió un vacío enorme en el estómago. Negro, ácido. 

Y a través de unos ojos llenos de tristeza y unas mantas medio húmedas que lo protegían del frío interminable del piso, vio las piernas apuradas de los pasajeros que no querían perder el próximo tren. 

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