Historias de calles desiertas - Figuras

Columnas 17 de julio de 2020 Por Ezequiel Yebara
Ezequiel Yebara nos invita a realizar un paseo en colores.
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Figuras - Ilustración: @juanyebara

Había recorrido la calle varias veces pero fue esa última vez que el lugar llamó mi atención. Lo descubrí con alegría, como si hubiese encontrado a un amigo en el momento exacto antes de irme del bar y nos quedáramos por una más.

Era un atelier. El artista leía escondido detrás de dos torres de libros. La curiosidad me tomó por sorpresa, siempre me desespera saber qué lee un extraño. Como si el joven hubiese detectado mis sensaciones, me dio una cálida bienvenida. Eligió un disco de música clásica, lo puso a un buen volumen y se sentó a seguir con la lectura.

Entre las notas musicales se mezclaba el sonido del agua que se mecía en el puerto, parecía que intentaba dormir a los que paseaban por ahí. Yo recorría cuadro por cuadro, apreciaba los colores y la técnica. La mayoría eran paisajes naturales. Busqué hasta encontrar algo para llevarme de recuerdo y fui a pagar. Decidí no hacer ninguna pregunta, ya nos habíamos dicho todo.

Cuando me estaba por ir vi otra habitación, un poco más oscura. No creí que fuese un problema pasar y descubrí que era más grande de lo que parecía. Era el lugar de trabajo del pintor. Había cuadros colgados y obras apiladas en el medio. En el rincón había una sin terminar.

El paisaje era el del puerto en el que estábamos. Con el marrón de los acantilados resaltado en las puntas de las afiladas piedras que los formaban, con el azul del agua tan turquesa como las profundidades de ese mar en silencio y amenazante, con el blanco de los barcos brillante como la perfección de las velas, con un destello amarillo en el cielo que parecía moverse. Me acerqué un poco más.

Apoyé el dedo en el lienzo lo más despacio posible para corroborar el fenómeno. La música empezó a sonar cada vez más y más fuerte, sentí un leve temblor en el piso. Un cosquilleo se extendió por los dedos hacia mis manos y después a los brazos. Sentí un escalofrío pero con una sensación familiar.

De repente me vi. Observaba el cuadro con una sonrisa imposible de explicar. Me deje ir con la certeza de que ahora todo mi ser es de color y se duerme entre el sonido del mar mezclado con notas musicales.

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