La brecha digital: un desafío de superación entre la igualdad, la no discriminación y la búsqueda de un horizonte tecnológico más humano

En las sociedades occidentales contemporáneas, la idea de vivir en una realidad sin Internet y sin las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) parece pertenecer únicamente al ámbito de una mala ficción. Hoy resulta impensable negar los beneficios que estas herramientas aportan a nuestras vidas.
29/06/2026 Lorena Bello Barreiro
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Entre esos beneficios encontramos la democratización del acceso a la información, la asistencia a bibliotecas y plataformas digitales, la posibilidad de cursar carreras a distancia, la conectividad instantánea con personas en cualquier lugar del mundo, así como la apertura de nuevas oportunidades laborales en sectores digitales y tecnológicos, entre muchas otras ventajas.

Desde este lugar, el discurso dominante deja en evidencia que las sociedades occidentales, en beneficio de la vida humana —individual y social—, deben continuar evolucionando hacia un mundo cada vez más digitalizado y tecnológico. Se asume que este camino es posible mediante una educación capaz de “inspirar”, “motivar” y “preparar” a los estudiantes para afrontar los desafíos del presente y del futuro en el contexto de la vida digital globalizada.

La integración de la tecnología en la educación uruguaya como motor de equidad e inclusión:

Por implicancia, resulta fundamental promover la integración de las nuevas tecnologías y de Internet en el ámbito educativo. En Uruguay, el Plan Ceibal —actualmente denominado Ceibal— constituye un ejemplo concreto de esta apuesta. Para que dicha iniciativa pueda dar frutos, es imprescindible sostenerla sobre una finalidad clara: la promoción de la equidad y la inclusión como principios esenciales, capaces de proteger y garantizar la dignidad de cada ser humano.

Una dignidad que, como valor supremo, debe ser reivindicada constantemente, reconocida y defendida desde su propia fuerza moral. Una fuerza intrínseca que exige que toda innovación tecnológica y cada dimensión digitalizada estén al servicio de todos los individuos, en condiciones de igualdad y libre de cualquier forma de discriminación.

En este sentido, la brecha digital —específicamente, pensando en Uruguay— se presenta como un fenómeno que obstaculiza el pleno desarrollo de la equidad y la inclusión, así como su materialización en la vida práctica y real de cada persona que vive en nuestro país. Pero, ¿qué se entiende por brecha digital? ¿En qué medida constituye un obstáculo para el acceso y el desarrollo pleno de los individuos en habilidades tan necesarias y en concordancia con un mundo altamente tecnologizado y digital?

¿O más bien se trata de un síntoma que revela la profundización de las desigualdades estructurales tradicionales de nuestras sociedades y que al mismo tiempo, introduce una nueva forma de violencia, discriminación, desigualdad, exclusión y pobreza?

¿Son desigualdades que se pretende reparar mediante políticas verdaderamente inclusivas, o más bien desigualdades consideradas como necesarias para conservar cierto orden social y económico? ¿Y qué tipo de orden social y económico se busca preservar con ello?

La brecha digital: síntoma de analfabetismo digital y desigualdad en el acceso, en la calidad del acceso, en el uso, la apropiación y la formación en las nuevas tecnologías:

Para comenzar, la brecha digital se entiende como la desigualdad —o incluso la ausencia total— en el acceso a Internet y a las TIC, así como la falta de dispositivos adecuados. Esta brecha también abarca la calidad del acceso —por ejemplo, la velocidad de conexión— , el uso efectivo de las herramientas digitales —según el conocimiento y las habilidades que se desarrollan—,la apropiación de sus beneficios y la formación significativa.

Esa apropiación está marcada por la diferencia entre quienes utilizan la tecnología solo para tareas simples y quienes desarrollan habilidades productivas, creativas, innovadoras, sociales y éticamente responsables. Para una buena apropiación, hace falta una formación de calidad, a partir de la incorporación de una auténtica alfabetización digital. Estar alfabetizado digitalmente implica comprender cómo funciona este nuevo mundo para así, lograr participar activamente en él.

Porque leer, escribir, navegar, estudiar, trabajar e interactuar de manera que podamos integrarnos plenamente en este entorno y aprovechar sus oportunidades de forma crítica, creativa y éticamente responsable es lo único que podría reducir —o incluso eliminar— la brecha digital. En este sentido, entiendo que Ceibal busca precisamente disminuir dicha brecha o fractura entre los individuos que habitan en nuestro país —y en comparación también con individuos en otros países—.

Luego, materializar la alfabetización digital en la mayoría de los estudiantes es crucial, especialmente si se quiere derivar en un incremento progresivo, económico y productivo, no solo a nivel de la vida personal de los individuos, sino a nivel país.

Fortalecer el acceso y el goce del derecho a la educación tecnológica y digital parece lógico:

Sin embargo, partiendo de la base de que hablar de “mayoría” implica no incluir a todos, cabe preguntarse si no es acaso una obligación del sistema educativo uruguayo identificar a aquellos grupos minoritarios y/o personas que requieren, atención prioritaria, aprobando normas que garanticen su protección y aseguren su inclusión efectiva en el ámbito digital, equiparando hacia arriba y nunca hacia abajo.

Parece lógico lo que acabo de suponer, ya que desde el discurso oficial eso es precisamente lo que se enseña y se promueve públicamente. Se entiende que dicho sistema debe incorporar en sus planes de acción medidas orientadas a fortalecer progresivamente el acceso y el goce de los derechos fundamentales —como el derecho a la educación tecnológica y digital— por parte de personas en situación de vulnerabilidad.

Sin embargo, como profesional de la educación y en docencia directa, conectada en lo cotidiano con realidades complejas del sector estudiantil, surge una pregunta inevitable: ¿por qué sigue siendo frecuente el encuentro con estudiantes tecnológicamente y digitalmente analfabetos en instituciones educativas de contextos vulnerables, a pesar de la vigencia de Ceibal en esos centros y de la disponibilidad de dispositivos y conexión a Internet?

Interseccionalidad y brecha digital: impactos en personas afrodescendientes, personas con discapacidad o neurodivergentes, mujeres y cuerpos feminizados:

Una respuesta simplista e ingenua sería atribuir la culpa a los docentes por no enseñar adecuadamente sobre el uso de dichas tecnologías. Sin embargo, esta conclusión precipitada resulta inquietante, pues deja entrever en el interlocutor la pérdida del sentido intersectorial que caracteriza a los problemas de vulnerabilidad social.

La interseccionalidad se basa en la idea de que cada persona vive múltiples identidades derivadas de relaciones sociales, históricas y de la forma en que operan las estructuras de poder. Esto implica que las diversas formas de exclusión, discriminación y desigualdad —por motivo de género, raza, clase social, discapacidad, orientación sexual, entre otras— suelen ser efecto de causas estructurales. Asimismo, advierte que las personas podemos experimentar de manera simultánea, opresiones y privilegios, según las diversas comunidades a las que pertenecemos y los contextos en los que participamos.

En Uruguay, esas intersecciones donde se acumulan desigualdades las encontramos, por ejemplo, en los grupos y/o personas afrodescendientes, personas en situación de discapacidad o neurodivergencia, así como las mujeres y cuerpos feminizados, entre otros. Se trata de individuos que tradicionalmente enfrentan

diversas barreras en ámbitos como la educación, la salud, el trabajo y la participación ciudadana.

A estas dificultades se suman hoy las relacionadas con el acceso, la inclusión y la participación ciudadana en el ámbito tecnológico y digital. Dado que este ámbito actualmente atraviesa las diversas dimensiones de la vida, la falta de alfabetización digital y el acceso limitado a Internet y a las TIC terminan profundizando las desigualdades estructurales ya existentes. Esta situación repercute de manera significativa, restringiendo las posibilidades reales de inclusión y desarrollo de grupos o personas que continúan siendo objeto de discriminación.

La brecha digital como una nueva manifestación de violencia neoliberal desde una perspectiva de género:

Desde este escenario, la brecha digital se revela como una nueva manifestación de la violencia simbólica neoliberal. Esta forma de violencia, eficaz precisamente por su sutileza, contribuye a generar disparidades entre los individuos por diversos motivos. A continuación, me referiré específicamente a las desigualdades de género.

La Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), señala que en 2024, más del 50 % de las mujeres en el mundo permanecen desconectadas, mientras los varones continúan capacitándose y fortaleciendo sus habilidades y su alfabetización digital. Aquí, la decisión de permanecer desconectadas o de optar por una menor presencia en los entornos virtuales, responde al hecho de que los productos, servicios y soluciones digitales están, en su mayoría, diseñados y pensados para los usuarios hombres y masculinos.

Esta lógica de diseño, que reproduce los intereses de un orden de dominación patriarcal, provoca que ellas encuentren menos motivos para utilizar dichas tecnologías, pues no responden a sus necesidades ni intereses específicos.

A esto, se añade el hecho constatable de que muchas de las usuarias —mujeres y cuerpos feminizados en general— se enfrentan al acoso cibernético, el ciberacoso, los mensajes sexuales no solicitados y la difusión de fotos o videos íntimos en plataformas sin su consentimiento. Siguiendo esta línea, la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (ILGA) señala en su primer informe sobre la brecha digital cómo estos mismos riesgos afectan de manera particular a la comunidad LGBTI.

Entre los efectos más perjudiciales —que incluyen la falta de oportunidades para acceder a una educación de calidad, a un empleo estable y bien remunerado, y a la movilidad social— destaca el impacto sobre la salud, especialmente la salud mental. La brecha digital no solo limita el desarrollo personal y profesional en igualdad de

oportunidades y en igualdad de condiciones, sino que también genera sentimientos hostiles que pueden derivar en estados de depresión, aislamiento, frustración, ataques de pánico y desvalorización — pudiendo desembocar en suicidio—.

Por lo tanto, disminuir y eliminar la brecha digital no debe entenderse únicamente como una condición necesaria para el bienestar económico y laboral, ni solo como un medio para concretar el proyecto de vida de cada individuo en función de los requerimientos del consumo tecnológico y digital. También debe asumirse como una condición esencial para proteger el bienestar psicológico y, en muchos casos, para preservar la continuidad y la calidad de vida de las personas.

La brecha digital y el cuestionamiento de la eficacia de las políticas públicas y de los intereses que subyacen al principio de igualdad y no discriminación.

No obstante, la brecha digital y la persistencia de desigualdades históricas, e incluso la incorporación de nuevas desigualdades, continúan siendo una realidad tanto en nuestro país como en el mundo. A pesar de la implementación de planes como Ceibal y de la creación de instituciones orientadas a la inclusión tecnológica, quienes acceden, permanecen, participan, aprenden y desarrollan nuevas habilidades mediante una alfabetización digital de calidad no suelen ser las personas más vulnerables.

Desde este lugar, ¿qué tan ficticio resulta seguir hablando de una educación tecnológica, equitativa e inclusiva, a favor de una alfabetización digital de calidad, de los y las estudiantes, cuando las condiciones varían y las desigualdades persisten según los contextos educativos?

Esta situación invita a reflexionar no solo sobre la eficacia de los planes y programas educativos, sino también sobre la efectividad de las políticas públicas y, en particular, sobre las verdaderas intenciones e intereses que subyacen cuando, desde las voces de las clases dominantes, se proclama la defensa del principio de igualdad y no discriminación —el cual debería estar al servicio del respeto y la garantía de los derechos humanos—.

Porque pese a la existencia de múltiples mecanismos jurisdiccionales y no jurisdiccionales de protección, el hecho de que la igualdad y la no discriminación no logren prevalecer en sociedades como la nuestra invita a preguntarse si este principio, desde una perspectiva de Derechos Humanos, debe entenderse únicamente en términos graduales, en lugar de absoluto. Tal concepción implicaría aceptar como inevitable —e incluso como estratégicamente necesario— que ciertas minorías permanezcan en constante enfrentamiento con las estructuras dominantes.

Bajo esta lógica confusa y alarmante, la persistencia de un orden estructural de dominación supondría reconocer como inevitable la existencia de grupos y personas subordinadas tanto a las decisiones y acciones del poder hegemónico como a sus

intereses elitistas. Surge entonces una interrogante crucial: ¿son realmente los derechos humanos defendibles en el marco de sociedades capitalistas y neoliberales?

Y si así fuera, ¿no deberíamos, antes o de manera simultánea, cuestionar el poder del mercado, sustentado en la oferta desmedida de tecnologías? ¿No deberíamos cuestionar quiénes son realmente los que se benefician de la creciente digitalización de la vida cotidiana? ¿Y, en contrapartida, quiénes resultan perjudicados por este proceso y por qué?

Disminuir o eliminar la brecha digital es un desafío entre el costo medioambiental y la dependencia adictiva de los sujetos de consumo con la tecnología.

El desafío consiste en disminuir o eliminar la brecha digital entre las personas, lo que implica equiparar las condiciones de producción y consumo de dispositivos adecuados. Por un lado, este proceso conlleva un alto costo medioambiental, sustentado en el maltrato de la naturaleza, la degradación de ecosistemas y la pérdida significativa de biodiversidad.

Arguyó que vincular este debate con el enfoque biocéntrico es un acierto ético fundamental porque la digitalización de la vida puede interpretarse como una violación de los derechos de la naturaleza, ya que el sostenimiento de las nuevas tecnologías exige la apropiación, extracción y explotación excesivo de recursos naturales, así como el consumo energético desproporcionado de los centros de datos.

Por otro lado, este proceso de igualar con miras de disminuir o eliminar la brecha digital, también puede incentivar la transformación de los ciudadanos en sujetos con un derecho fundamental —el acceso a Internet y a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC)— bajo la idea de una presunta equidad que termina sosteniendo un modelo de hiperconsumo.

Este modelo, aparentemente fundado en el principio de igualdad y no discriminación, se presenta como un mensaje esperanzador y paradójico en tanto, en la práctica, incentiva la elección de una relación adictiva con la tecnología por parte de los individuos. De modo que los individuos terminamos convirtiéndonos en instrumentos alienados de nuestros propios intereses, transformados en consumidores cómplices de dinámicas e intereses ajenos y elitistas que creemos representar.

En defensa de otro horizonte digital y tecnológico más honesto, comprensivo y humano, respetuoso de la vida y de la naturaleza en su conjunto.

En resumen, ¿qué puede significar realmente disminuir o eliminar la brecha digital? ¿Significa mantener el orden de dominación existente, con todas sus injusticias estructurales vigentes y sumarle, otras nuevas, en beneficio de seguir enriqueciendo a unos pocos en detrimento de los demás?

¿Significa abrir la posibilidad de imaginar una sociedad justa, donde la tecnología se convierta en herramienta de emancipación y de nivelación entre los individuos de los diversos estratos socioeconómicos y culturales?

¿ O supone elegir un horizonte estructural exótico, no emparentado con el modelo occidental capitalista, aunque genere temores e incertidumbres por ser desconocido, extraño y alejado de aquello que solemos considerar más funcional y práctico para alcanzar una vida buena y de calidad?

Lo cierto es que, más allá de todas las alternativas posibles, nos corresponde asumir que la tecnología no constituye un camino neutral ni universal hacia el progreso. Porque la tecnología no avanza ingenuamente, sino que reproduce estructuras de poder coloniales, patriarcales, antropocéntricas, neoliberales, capitalistas y occidentales. Asimismo, se presenta como un ámbito condicionado por diversos intereses económicos, políticos y culturales que la moldean constantemente.

Mientras sigamos viviendo —y eligiendo permanecer— en sociedades articuladas en torno al desarrollo de Internet (3G, 4G o 5G) y de las nuevas tecnologías, como las TIC, el compromiso de reflexionar sobre cómo abrir verdaderamente las puertas hacia la igualdad de oportunidades y de condiciones para todas las personas, sin discriminación ni prejuicios, debe reafirmarse cada día.

Este desafío —aunque lleno de tensiones— resulta indispensable, porque solo desde un pensamiento crítico y consciente podremos impulsar una transformación en la que la inclusión digital se viva como un espacio de justicia e igualdad social, genuina y sostenible para cada persona.

Te invito a seguir pensando conmigo, con la ilusión de que otro horizonte digital y tecnológico —más honesto, comprensivo y humano, respetuoso de la vida y de la naturaleza en su conjunto— sea posible.

Bibliografía: 

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