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El Panglossismo redivivo de los Neotecnócratas

En tanto el planeta, el clima, la violencia, la crisis poblacional, la contaminación generalizada, nos lleva a algunos a pensar problemáticamente nuestra situación-en-el-mundo, los dueños del poder real, los titulares del capital, los más ricos entre los billonarios siguen muy orondos con sus proyectos y sus ensoñaciones de que están construyendo un paraíso.
Pensamiento08/07/2026 Luis E. Sabini Fernández
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Puede que no en el planeta que habitamos, sin embargo. Por algo, muchos de los proyectos de los Elon Musk, Jeff Bezos y otros potentados empeñados en construir un  universo particular –valga la contradicción en sus términos– como SpaceX o NewSpace, están procurando diseñarlo fuera de la Tierra.

Se trata hasta ahora, apenas, de apuestas. Que descartan la casa en común de la humanidad, por cierto bastante maltratada. Y no es por cierto “la humanidad” la responsable; son sus capas dirigentes, ilustradas y orientadoras; los “capitanes de la industria”, los dueños  u orientadores de nuestras sociedades quienes han encarado alegremente la destrucción del planeta para adelantar ventajas, a menudo materiales, o apenas monetarias, y acumular poder contra otros humanos.

Una reedición de los jalones del colonialismo, aplicado no ya a otros humanos, no tan prójimos, sino al planeta directamente; a su aire, su agua, su tierra, es decir a nuestro aire, agua, tierra.

Para acercarnos a la visión de los poderosos, tomemos un libro pequeño, que hasta por su color y tamaño, resulta ser el equivalente de “el libro rojo” que fue en un tiempo, a mediados del siglo xx, una suerte de biblia de socialistas chinos y prochinos.

Se trata de On Impact, un librillo de 80 páginas cuyo autor es Ronald Cohen, anglojudío de nacimiento, que debió abandonar Egipto, su tierra natal, cuando el gobierno egipcio, a cargo de Gamal A. Nasser, nacionalizó el Canal de Suez, en 1956. Desde entonces, precautoriamente, su familia y él con 11 años, pasó a residir en Londres y desde allí  gobierna ahora su emporio empresario.

Cohen se ha especializado en analizar la cuestión del impacto en la economía, tema clave con sus ribetes autobiográficos.

Si bien en muchos un trauma infantil puede dejar una huella de incerteza e inseguridad, por su misma generación, lo acontecido a nuestro autor parece haberle reasegurado un optimismo radical, sólo coherente con su privilegiadísimo origen y situación-en-el-mundo.

On Impact lo trasunta por entero.

Su definición de “impacto” nos va dando el perfil: “El impacto es la medida de un beneficio que una acción aporta a la sociedad y al planeta; debemos situarlo en el centro de nuestra conciencia.”

Nuestro autor ha desechado redondamente la idea misma de impacto negativo, devastador. Significativa semejanza con el inveterado optimismo del doctor Pangloss, magistralmente presentado por Arouet, François-Marie, recordado como Voltaire.

Cohen advierte la cortedad básica de lo filantrópico, aunque como ‘millonario de corazón’ exalta  la filantropía, que otorga “mucha ayuda”, aunque no ofrece “soluciones de escala”.

Y permanentemente, va dejando caer grajeas ideológicas: “Necesitamos  aprender de la Revolución Tecnológica  cuyos frutos nacieron con el capital privado.” Como tantas de sus frases, es redondamente falsa: los desarrollos tecnológicos han tenido su cuna tanto en ámbitos privados como públicos. Todo “recorte” en esta cuestión huele inevitablemente a sesgo ideológico, escamoteador de la realidad y la historia.

A veces, como les pasa a los mentirosos, se le escapa la verdad por entre las invocaciones de unidad y humildad: “Necesitamos, por primera vez en la historia de la modernidad, poner del mismo lado los intereses de quienes gobiernan y los filántropos, con los de consumidores, inversores, hombres de negocios y organizaciones sin fines de lucro, con el propósito de mejorar nuestras vidas. En el siglo 19 el foco se ponía en los dividendos, en el 20, se modificó un tanto y se enfocó a considerar los riesgos y los dividendos. Desde el 21, debemos adoptar un nuevo paradigma que cubra los riesgos, los dividendos y el impacto. Es esta triple hélice la que nos llevará a un mundo mejor.” Un tácito reconocimiento, entonces, de que el interés de “los de arriba” poco y nada tenía que ver con el de “los de abajo”.

Cohen nos cuenta, con orgullo –como todo lo que transmite– “que un fondo de pensiones europeo (PGGM) ha destinado 20 mil millones de euros a una estrategia para mejorar la salud pública.” Me pregunto si esos cuantiosos fondos están en el origen de la pandemia oficializada por OMS en 2019-2020, apenas después. Con lo cual, el destino de esos fondos adquiriría otra coloratura; hay muchos indicios y pruebas que la famosa pandemia fue todo menos espontánea, y mucho de diseño.

“Ya todo el mundo advierte que no es posible vivir en un mundo donde los negocios generen secuelas fuera de control que los gobiernos procuran infructuosamente remediar con costos absolutamente fuera de escala.” Atinada descripción de un estado de situación  que nos agobia cada vez más, año a año. Es, precisamente, lo que ha pasado con la expansión colonial –motorizada por desarrollos tecnológicos– que adviene con la modernidad: las metrópolis obtienen ventajas y dejan en la periferia las secuelas y los detritos, resultado de aquellas ventajas.

“El comportamiento de los consumidores es el principal motor del cambio en las prácticas comerciales. De acuerdo con estudios internacionales recientes  un tercio de los veinte mil consumidores examinados en cinco países, eligen comprar marcas que creen que hacen el bien, social ambiental.” Conmovedor. Tenemos un panglossismo desplegado. El rigor de tamaña investigación acerca de las creencias de los consumidores, del mercado, brilla por su ausencia. No hay fuentes, no hay fechas, no hay cómo verificar siquiera un dato, no hay referencias; se trata de artículos de fe. Pero la moralina prosigue. “Cuando el consumidor tiene tantas opciones al alcance de la mano, ¿por qué no tendrían los consumidores de nuestro presente que buscar marcas y empresas que se adecuen a sus valores? Para los consumidores y la gente joven en particular, las mercancías que compran no sólo expresan sus gustos sino también valores morales.”

Pangloss ha quedado a la altura de un felpudo. Habría que preguntarles a jóvenes blancos sudafricanos, por ejemplo, o ingleses o israelíes, sus criterios morales para el ejercicio del consumo; ya se trate de una chuleta de ternera perfectamente adobada o un blazer de marca. Y a jóvenes haitianos, somalíes o albaneses, cuáles son sus valoraciones morales para alimentarse malamente cada día, mantener en uso la campera gastada que tienen desde hace añares y conseguir ocasionalmente una conexión-e… si consumen algo, por encima de una sobrevida marcada por privaciones y escasez… Hemos visto a militares femeninas de Israel posando para una selfie cuidando primorosamente la cabellera o maquillando el rostro en medio de una ciudad con sus calles y edificios bombardeados, con cuerpos probablemente cadavéricos pero recientes, porque nuestras fotografiadas no revelan ningún disgusto olfativo, y uno puede preguntarse cuáles son “los valores morales” de estas jóvenes… Me pregunto si Cohen incluirá entre “valores morales” el embellecimiento “de la figura” con absoluta prescindencia de asesinatos masivos y recientes a su alrededor… generados por los propios embellecidos o embellecidas.

Pero el problema remanente con nuestro Pangloss contemporáneo, erigido entre Hollywood y la Torah, es apenas “orientar sus negocios para obtener el mayor impacto y las mayores ganancias simultáneamente […] que el mayor éxito en los negocios es el que crea el mayor impacto.

Queda claro que la formación de poder financiero, tecnológico, político, corresponde a una minoría… dirigente. Nuestro autor advierte la acumulación de trabas y trastornos que pone todo en peligro. Por eso, “es imperativo alinear ahora las mentes de los inversores, filántropos, empresarios, organizaciones sociales, grandes inversores comerciales, gobiernos y público en general, para que podamos erradicar estos persistentes  problemas. Es hora  para juntarnos todos ante el nuevo lema de nuestro joven siglo: el impacto.” El autor no explicita de dónde provienen tan persistentes problemas, pero  no puede dejar de reconocer que “ya no es posible vivir en un mundo donde los grandes negocios generan consecuencias negativas que los gobiernos no logran capear ni siquiera con costos gigantescos.”

Imagen esta última que nos muestra los afanes de elencos de gobierno que procuran ser honestos pero no desmarcarse del juego de los poderosos y que no logran sino la impotencia. Pienso en los gobiernos de Pepe Mujica en Uruguay, del de Gabriel Boric en Chile, del de Evo Morales en Bolivia, del de Cristina Fernández en Argentina…

Así, nuestro filósofo empresario se aproxima a un verdadero nudo problemático: una cómoda tecnología ha ido creando una serie de secuelas cada vez más ingobernables, pero el capital invertido, es decir los capitalistas inversores, jamás han aceptado tomarlas en cuenta en tanto las tasas de ganancias les resultaban sustanciales.

O sea, el capital ha dañado el planeta. Y ahora eso es insoslayable. Y los mismos capitalistas que han contaminado los mares, el aire, las tierras, la atmósfera, nuestros organismos y el de todos los seres vivos en el planeta, cuando incluso empezamos a temer que tantos envenenamientos podrían afectar la capacidad generativa de los seres vivos, nuestro Pangloss redivivo se plantea: no podemos seguir así.

Pero, claro, con inusitada franqueza nuestro caballero reconoce: “El capitalismo nos ha servido  en los últimos 250 años, pero se ha hecho insostenible en su situación actual.  Necesita un cambio radical.” Se agradece la sinceridad, pero las cosas no son tan sencillas como descargar y recargar una cuenta de pérdidas y ganancias.

Porque los daños, producidos por la floración capitalista y su primo hermano el colonialismo racista, que ha destrozado a las cuatro quintas partes de la humanidad para que se favoreciera la quinta parte humana, europea, blanca, tampoco se reparten o distribuyen con la nitidez que un contable requiere para sus cuentas.

“Las cuentas” en la naturaleza, en la vida, no salen tan nítidas. Lo que se rompe en un momento, no se repone tras un asiento contable.

Nuestro autor hace como que hace historia: “La Revolución Tecnológica está siendo continuada por la Revolución del Impacto que brota de la simple idea de que podemos llevar un capitalismo exclusivamente dimensionado por el lucro, para atender a la vez las ganancias y el impacto, redireccionando ingentes flujos de dinero en una nueva dirección: a mejorar el mundo.” Fácil decirlo.

¿Sinceridad o desparpajo?  No me parece que la inmensa mayoría de enriquecidos de este planeta, acepten de buen grado que hasta ahora se han movido sólo  para enriquecerse, a costa de lo que costare, y que habría que frenar esta nave… porque así, se nos va a pique.

No es lo que nos han  dicho nuestros políticos, con escasas excepciones, siempre al servicio de los inversores; basta ver las firmas de los últimos convenios de nuestros países periféricos, firmados con empresas y consorcios como Black Rock, NVIDIA,  Apple, Microsoft, Taiwan Semiconductor Manufacturing Co., SpaceX, British Petroleum, Monsanto, Roche, Unilever, Pfizer, UPM, Katoen Natie…

En general, tales convenios son estafas legales acordadas entre el que maneja el curso de las cosas y dirige su política de saqueo sobre los territorios tradicionalmente asignados a países, cuyos gobiernos aceptan las “inversiones” que se les ofertan.

Como si estuviéramos en una nueva etapa de capitalismo filantrópico una rentrée de los Médici (recordemos que su banco fue fundado en Londres, en 1397), en pleno siglo XXI Sir Cohen nos recita: “Los filántropos están impulsando la obtención de resultados tangibles. Ahora, como nunca antes, se hace posible para todos; pobres y ricos, jóvenes y viejos, no sólo seguir habitando este mundo frágil, sino convertirse en protectores  de ese mismo mundo.”

Hay que avisarles a los pescadores que ven perder los manglares, a quienes se están quedando sin bosques por la agroindustria, a campesinos y granjeros cada vez más despojados, a quienes no atinan como enfrentar la difusión imparable de microplásticos en todas las aguas del planeta, a todos los afectados con alteraciones congénitas producidas por “el descontrol” (técnicamente controlado) de agentes tóxicos, generados por el soborno, la entrega fácil, o a lo sumo, un deslumbramiento (no inocente sino bajo sospecha)… avisarles ¿qué?

Hay en el opúsculo una afirmación tan soez, tan ignara, tan imbécil, que pone en duda todo nuestro esfuerzo crítico. ¿Vale la pena analizar críticamente un trabajo que sostenga, casi como una verificación?:

Imagina un mundo donde la desigualdad se está reduciendo”.

Nuestro Sir ha logrado la perfecta oposición a la realidad: cuando estamos cada vez más a merced de fuerzas  crecientemente heterónomas contra las cuales se hace cada vez más arduo resistir, nos dice con indisimulable alegría que la desigualdad se achica.

Este fulano y su mundo nada tiene que ver con nosotros.□

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