Soberanía, jurisdicción y poder: lo que revela el caso Alex Saab

La verdadera discusión no es quién tiene soberanía sino qué condiciones materiales hacen posible ejercerla realmente. El nuevo giro de un caso internacional
 
11/06/2026 Eduardo Mernies
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La reciente deportación de Alex Saab a Estados Unidos por parte de Venezuela reabrió una discusión que trasciende largamente su situación personal. El episodio no solo reactiva el debate sobre la pretendida extraterritorialidad de la justicia estadounidense, sino que también deja expuestas algunas de las tensiones más profundas del orden internacional contemporáneo: el alcance real de la soberanía estatal, el peso político del sistema financiero global y las limitaciones materiales de muchos países frente a estructuras de poder transnacional.

Durante años, el gobierno venezolano presentó a Saab como un enviado diplomático, víctima de persecución política y símbolo de resistencia frente a las sanciones estadounidenses. Su detención en Cabo Verde, extradición a USA y posterior encarcelamiento fueron denunciados por Caracas como una violación del derecho internacional y de la soberanía venezolana. Incluso su liberación en 2023, producto de un intercambio de prisioneros negociado con Washington, fue celebrada como una victoria política y diplomática.

Sin embargo, la reciente decisión de entregarlo nuevamente a USA introduce una paradoja difícil de ignorar. El mismo Estado que antes denunciaba la ilegitimidad de esa jurisdicción termina ahora actuando dentro de ella y validando, al menos en términos prácticos, la eficacia de sus mecanismos judiciales y políticos.

Pero reducir la discusión a una simple inconsistencia venezolana sería erróneo. El verdadero interés del caso reside en aquello que revela sobre la forma en que funciona el poder en el sistema internacional actual.

De símbolo diplomático a sujeto extraditable

El caso Saab adquirió desde el comienzo una dimensión mucho mayor que la de un expediente judicial ordinario. Para USA, se trataba de un operador financiero vinculado a estructuras de corrupción y lavado de activos relacionadas con el gobierno venezolano. Para Caracas, en cambio, Saab se convirtió en un actor clave para enfrentar el impacto de las sanciones económicas y en un símbolo político de resistencia frente a la presión estadounidense.

Precisamente por eso, el reciente cambio de posición adquiere tanta relevancia. La nueva entrega de Saab a USA no solo implica un giro político, sino también una resignificación práctica de todo el conflicto anterior. El mismo Estado que cuestionaba la legitimidad de la jurisdicción estadounidense termina aceptando sus efectos y actuando conforme a ellos.

Más allá de razones coyunturales o eventuales negociaciones políticas, el episodio deja expuesta una tensión más profunda entre soberanía declarada y soberanía efectivamente ejercida.

El dólar como extensión de jurisdicción

Durante décadas, Estados Unidos ha desarrollado una capacidad singular para extender el alcance de su jurisdicción más allá de sus fronteras. Esa expansión no depende exclusivamente de superioridad militar o influencia diplomática. Descansa también sobre un elemento mucho más estructural: la centralidad global del dólar y del sistema financiero estadounidense.

Gran parte del comercio internacional, de las transferencias bancarias y de las operaciones financieras globales continúa dependiendo de circuitos vinculados directa o indirectamente con instituciones estadounidenses. Como consecuencia, operaciones realizadas entre actores extranjeros y fuera del territorio norteamericano pueden terminar bajo jurisdicción de Washington simplemente por haber utilizado dólares, bancos corresponsales o mecanismos financieros conectados con Nueva York.

Allí aparece uno de los rasgos más significativos del orden internacional contemporáneo: la hegemonía monetaria se transforma progresivamente en capacidad jurisdiccional.

El caso Saab resulta particularmente ilustrativo porque la base material de la acusación estadounidense no descansaba únicamente en hechos ocurridos en territorio norteamericano, sino también en el uso de estructuras financieras integradas al sistema dominado por USA. En otras palabras, la arquitectura financiera global funciona también como arquitectura de alcance jurídico.

Y es precisamente ahí donde la discusión sobre soberanía adquiere una dimensión más compleja. Porque formalmente todos los Estados continúan siendo iguales ante el derecho internacional. Conservan bandera, reconocimiento diplomático, representación en Naciones Unidas y control territorial. Pero en la práctica, la capacidad efectiva de actuar autónomamente depende cada vez más de condiciones materiales concretas: acceso al sistema financiero, autonomía tecnológica, capacidad de comerciar fuera de circuitos controlados por grandes potencias y margen real para resistir sanciones o mecanismos de presión económica.

Soberanía en tiempos de dependencia estructural

La situación actual de Irán vuelve especialmente visible esta tensión. Las sanciones financieras y restricciones bancarias muestran cómo el control de la infraestructura monetaria internacional puede convertirse en una herramienta geopolítica capaz de condicionar decisiones soberanas de otros Estados aun sin necesidad de intervención militar directa.

En ese contexto, los debates sobre desdolarización, monedas alternativas, sistemas paralelos de pago o ampliación de espacios como los BRICS ya no constituyen únicamente discusiones económicas. Se trata también de intentos —todavía parciales y limitados— de recuperar márgenes de autonomía política frente a estructuras globales profundamente asimétricas.

La subordinación contemporánea rara vez adopta hoy formas explícitas de dominación colonial o militar. En muchos casos opera mediante dependencia funcional. Los Estados participan de determinadas arquitecturas financieras y comerciales porque necesitan comerciar, financiarse y sostener su inserción internacional. Pero esa integración tiene un costo: aceptar reglas definidas principalmente por quienes controlan las infraestructuras centrales del sistema.

Así, la expansión global de determinadas jurisdicciones y las limitaciones reales de otros Estados aparecen como procesos simultáneos. Uno alimenta al otro. La hegemonía no se sostiene únicamente por coerción, sino también porque el resto del sistema continúa necesitando operar dentro de sus mecanismos.

Entre la resistencia discursiva y la aceptación práctica

El caso venezolano resulta especialmente revelador porque muestra hasta qué punto muchos Estados oscilan entre el cuestionamiento discursivo del orden internacional y la adaptación práctica a sus reglas.

Durante años, Caracas denunció la detención de Saab como una violación de soberanía y una agresión política. Sin embargo, la ausencia de una ofensiva jurídica internacional sostenida y, más recientemente, su propia entrega a USA, revelan los límites concretos que enfrentan incluso los gobiernos que más enfáticamente cuestionaban la arquitectura de poder vigente.

Eso no implica necesariamente una renuncia formal a la soberanía. Pero sí expone cómo la autonomía efectiva de los Estados puede verse condicionada por relaciones de dependencia financiera, comercial y diplomática que reducen significativamente sus márgenes reales de decisión.

La situación deja además una enseñanza incómoda: la hegemonía internacional no opera únicamente mediante imposición externa. También se consolida cuando los propios Estados terminan actuando dentro de estructuras que públicamente cuestionan, aceptando en los hechos reglas cuya legitimidad discursiva niegan.

Qué significa ser soberano

Tal vez allí resida la principal enseñanza del caso Saab. La verdadera discusión del siglo XXI ya no parece ser simplemente quién tiene soberanía en términos formales, sino qué condiciones materiales hacen posible ejercerla realmente.

Porque en un mundo donde el poder se expresa también a través de monedas, sistemas financieros, sanciones, plataformas tecnológicas y jurisdicciones extraterritoriales, la soberanía deja de ser solamente una declaración jurídica. Pasa a depender, cada vez más, de la capacidad concreta de actuar con autonomía dentro de estructuras globales profundamente desiguales.

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