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“Lo mismo un burro que un gran profesor”: Violencia, desprestigio y memoria en la escuela pública

La escena se repite como un eco que no cesa. Una madre irrumpe en la Escuela 123 de Jardines del Hipódromo, en Montevideo, acompañada por adultos que no fueron convocados por la pedagogía ni por el afecto. Entran con furia, con gritos, con golpes. Agreden a docentes, a niños, a otros padres. Rompen puertas, insultan, amenazan. La escuela se convierte en campo de batalla. Y el aula, ese espacio donde se siembra futuro, queda clausurada por el miedo.
07/11/2025 Jorge Barrera
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No es la primera vez. Es el sexto episodio violento en ese centro. Pero esta vez, algo se quebró. “Esto marca un antes y un después”, dicen los docentes. Y no lo dicen como consigna sindical. Lo dicen con la voz temblorosa de quien ha visto cómo el desprecio se instala donde antes había respeto. Lo dicen con la dignidad de quien enseña, incluso cuando lo que recibe es agresión.

¿Qué está pasando?

La violencia contra docentes no es nueva. Pero se ha vuelto más visible, más cruda, más impune. No se trata solo de golpes físicos. Se trata de una violencia simbólica que corroe el vínculo educativo. Se trata de una sociedad que ha dejado de mirar a sus maestros como referentes, y que los ha convertido en blanco de frustraciones, en chivos expiatorios de un malestar que nadie quiere nombrar.

La agresión en la Escuela 123 no es un hecho aislado. Es síntoma de una enfermedad social que se expande. Y como todo síntoma, exige diagnóstico. Porque si no entendemos por qué pasa, seguiremos reaccionando con paros y comunicados, medidas comprensibles, pero sin transformar nada.

El desprestigio de la carrera docente

Durante décadas, el maestro fue figura central en el imaginario colectivo. Era el que enseñaba a leer, el que corregía con paciencia, el que acompañaba a los niños en sus primeros pasos fuera del hogar. Hoy, esa figura se ha desdibujado. La precarización laboral, los bajos salarios, la sobrecarga emocional y la falta de reconocimiento público han erosionado su autoridad.

En muchos barrios, el docente ya no es visto como referente. Es visto como funcionario, como burócrata, como alguien que “no hace nada” o que “tiene muchas vacaciones”. Esa percepción, alimentada por discursos mediáticos y políticos, habilita el desprecio. Y el desprecio, cuando se acumula, se convierte en violencia.

Redes sociales: amplificadores del conflicto 

Las redes sociales han democratizado la palabra, pero también han desregulado el conflicto. Hoy, cualquier desacuerdo escolar puede escalar en minutos. Un video, un audio, una publicación en Facebook o Whats App puede convertir una discusión pedagógica en una guerra de bandos.

Las redes no median. Exponen. Y en esa exposición, se pierde el contexto, se pierde la escucha, se pierde la posibilidad de construir acuerdos. La lógica del escrache reemplaza el diálogo por la condena pública. Y cuando la condena se vuelve viral, la escuela deja de ser espacio de cuidado para convertirse en escenario de linchamiento.

Impunidad y falta de sanciones jurídicas

Uno de los aspectos más preocupantes es la falta de consecuencias legales para quienes agreden a docentes o destruyen bienes públicos. En muchos casos, las denuncias no prosperan. No hay protocolos claros. No hay sanciones proporcionales. La impunidad se instala como norma.

Cuando alguien puede entrar a una escuela, golpear a una maestra, romper una puerta, y salir sin consecuencias, el mensaje es claro: todo vale. Y si todo vale, la violencia se naturaliza. Se convierte en parte del paisaje. Se acepta como parte del “riesgo laboral”. Y eso es inadmisible.

El tango Cambalache como espejo ético

“Lo mismo un burro que un gran profesor”, dice el tango Cambalache. Y esa frase, escrita en 1934, resuena hoy con una vigencia brutal. Porque vivimos en una época donde se diluyen las jerarquías éticas, donde se relativiza el saber, donde se equipara el esfuerzo con la indiferencia.

El docente que estudió, que se formó, que se compromete, es tratado igual —o peor— que quien desprecia el conocimiento. La meritocracia se invoca para justificar desigualdades, pero se olvida cuando se trata de reconocer trayectorias. El saber ya no otorga autoridad. Y sin autoridad, el aula se convierte en territorio hostil.

¿Qué hacemos con esto?

No alcanza con indignarse. No alcanza con parar. No alcanza con pedir más seguridad. Todo esto es necesario, pero no suficiente. Hay que ir al fondo. Hay que recuperar el sentido ético de la educación. Hay que volver a mirar al docente como figura clave en la construcción de ciudadanía.

Eso implica:

  •  Campañas públicas de revalorización docente, que no sean solo eslóganes, sino que muestren historias, trayectorias, compromisos.
  •  Regulación de redes sociales en contextos escolares, con protocolos claros para evitar la escalada de conflictos.
  •  Sanciones jurídicas efectivas para quienes agreden a trabajadores de la educación o destruyen bienes públicos.
  •  Espacios de mediación comunitaria, donde las escuelas puedan dialogar con las familias desde el respeto y no desde el miedo.

La memoria como resistencia

En medio de la violencia, hay algo que no se puede perder: la memoria. Porque cada docente agredido es parte de una historia colectiva. Porque cada escuela atacada es parte de un proyecto social que no podemos abandonar. Porque cada aula cerrada por miedo es una herida en el cuerpo de la democracia.

Recordar no es mirar atrás. Es sostener el hilo que nos conecta con lo que fuimos, con lo que queremos ser. Es decir: no vamos a naturalizar la violencia. No vamos a aceptar el desprecio. No vamos a dejar que el tango se convierta en profecía.

Epílogo: educar en tiempos de furia

Educar en tiempos de furia es un acto de resistencia. Es abrir la puerta del aula sabiendo que puede haber gritos, pero eligiendo el diálogo. Es corregir con paciencia, aunque se reciba insulto. Es enseñar a leer, aunque se escuche que “eso no sirve para nada”.

El docente que sigue enseñando después de una agresión no es solo trabajador. Es militante de la esperanza. Es defensor de lo público. Es constructor de futuro. Y eso, en tiempos de Cambalache, es un gesto revolucionario.

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