
Las ideas siempre vencen al odio

El odio y el “votar contra” como idea jamás condujeron a solucionar los problemas en ningún país ni en el mundo; por el contrario, los empeoraron y sus consecuencias ocupan las páginas más negras de la historia. Una sociedad democrática debería estar movilizada por querer el bienestar del o de la compatriota, por la inquietud intelectual que nace de la lectura, de la escucha atenta a quienes la vida nos permite cruzarnos y saben más que uno y, naturalmente, de los aprendizajes que nos impone la propia vida.
Lo que sucede en el mundo no son episodios aislados ni fenómenos inconexos. Son manifestaciones de procesos más profundos, pensados por unos pocos que, con un enorme poderío económico y a través de las pantallas, hoy logran manipular sociedades con éxito. Y en Uruguay, aunque casi todo llegue con cierto rezago, tarde o temprano también llega.
Días atrás vi una encuesta según la cual el 45% de quienes habitan este suelo -por no llamarles directamente soretes ignorantes- no tendría inconvenientes en vivir bajo una dictadura si esta les solucionara sus problemas. Si el dato es correcto, no es una anécdota: es una señal inequívoca de algo que debería interpelarnos.
Cuando una sociedad comienza a relativizar el concepto de libertad, a despreciar el conocimiento y a sustituir las ideas por el resentimiento, el problema trasciende ampliamente una elección determinada.
Son señales de un mundo que deja bastante que desear. Y deberían ocuparnos, al menos, si todavía lo que conservamos son dos dedos de frente.




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