Entre la marcación racial y la filosofía convertida en Ideología.

Cada 21 de marzo, se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial —de acuerdo a La Resolución 2142 (XXI) de la Asamblea General de la ONU, adoptada el 26 de Octubre de 1966—. El objetivo es generar conciencia y visibilizar los efectos del racismo en la sociedad, buscando promover políticas públicas de justicia social e inclusión, sustentadas por los valores de la igualdad, la libertad y la dignidad de todas las personas.
02/03/2026 Lorena Bello Barreiro

Racismo en Uruguay: negación e invisibilidad.

Creo firmemente que cuando el racismo se instala en una sociedad, lo único que revela es un funcionamiento profundamente errático: se vulnera el goce, el ejercicio y reconocimiento de los derechos humanos, especialmente de aquellas personas que históricamente han sido marginadas, discriminadas y estigmatizadas, como los afrodescendientes.

Uruguay no es ajeno a esta realidad. Desde la época de la trata y el tráfico esclavista, el racismo ha estado presente entre nosotros. No somos un país libre de racismo; por el contrario, lo hemos naturalizado hasta volverlo invisible, restándole la importancia que merece, minimizando o incluso negando sus efectos.

La sola existencia de la Ley sobre “Fijación de disposiciones con el fin de favorecer la participación en las áreas educativa y laboral, de los afrodescendientes” (Ley19.122, 2013) evidencia que nuestro entorno socio cultural y político se sostiene en estructuras raciales que jerarquizan los cuerpos y reproducen relaciones de dominio y poder entre los diversos grupos de individuos.

Lo que se busca promover con la misma es la “equidad racial”, tanto en el ámbito público como privado, mediante el diseño, la promoción y la implementación de “acciones buenas y eficaces” que hagan posible, de manera práctica y real, la erradicación de toda forma de discriminación hacia las personas afrodescendientes.

Sin embargo, en el “Informe de los 10 años de cumplimiento de la Ley 19.122” se constata que los desafíos persisten, dadas las múltiples denuncias por violaciones en su aplicabilidad. Una de las que más llamó mi atención fue presentada el 3 de noviembre de 2017 ante la INDDHH.

Si esto no es racismo, ¿Qué lo es?

La denuncia refiere al procedimiento de elección, mediante concurso externo de oposición, realizado por el BSE, para proveer 42 cargos de especializado III en Montevideo y 12 cargos de especializados III en sucursal, contemplando la cuota del 8% destinada a personas afrodescendientes, tal como lo estipula la Ley citada.

Aquí considero importante hacer una pausa y revelar al lector mi opinión: hablar en términos de porcentajes continúa siendo una práctica racista y no una verdadera medida de liberación frente a la situación de discriminación que todavía enfrentan las personas afrodescendientes en nuestro país. ¿En qué momento dejaremos de ofrecer porcentajes y comenzaremos, simplemente, a garantizar trabajo para todos por igual, sin establecer categorías raciales?

La denuncia seleccionada plantea que en la prueba realizada el día 1 de noviembre de 2017, se ubicó a los aspirantes en un grupo aparte y se los identificó con una señal roja en sus remeras; del mismo modo, las hojas de sus pruebas fueron marcadas. Como consecuencia, los aspirantes tuvieron que soportar burlas por parte del resto de los concursantes. Si esto no es racismo, entonces ¿qué lo es?.

Como dato reciente, en el marco de las actividades de UDELAR realizadas en julio de 2025 —mes de la afrodescendencia— tuvo lugar el Primer Encuentro Regional de Etnoeducación Afrocentrada, descrito como “un sueño largamente inspirado”. Esta instancia representa el inicio significativo para avanzar en la construcción de políticas públicas educativas orientadas a la interculturalidad y la inclusión, desafiando el contexto discriminatorio y las estructuras racializadas de poder y disciplinamiento que aún atraviesa nuestra sociedad.

En dicha instancia, se recalcó el dato estadístico acerca de que, en nuestro país, las personas afrodescendientes representan alrededor del 8% de la población —este porcentaje asciende en algunos departamentos del norte del país: en Artigas, Rivera y Salto—. Se trata de una población —sobre todo, mujeres afrouruguayas y afromigrantes— que todavía “enfrentan mayores niveles de pobreza, menor acceso a derechos y baja representación en la educación terciaria y técnica” (28 de julio, Udelar).

Esto se traduce en “altas tasas de desvinculación educativa, barreras de ingreso y permanencia en carreras universitarias y técnicas, así como brechas en el acceso a cargos docentes y de investigación” (28 de julio, Udelar). Luego, si la subordinación de corporalidades situadas en esta realidad concreta no constituye racismo, entonces ¿qué lo es?.

Todo esto no es mera coincidencia, sino el reflejo de estructuras raciales de dominio que perpetúa la marginación, la discriminación y la estigmatización en nuestro país. Lo curioso es que no puedo evitar concebir que una de las grandes responsables de sostener y legitimar todo ello es la propia actividad filosófica convertida en ideología —o doctrina—.

La filosofía como un verdadero “pensamiento de dominación”.

Sucede que la filosofía también encierra peligros para los sectores subordinados, pues no siempre se manifiesta como una actividad orientada a la emancipación ni como un arma de revolución. No necesariamente constituye un “pensamiento de liberación” — es decir, disruptivo— frente a la alienación y la opresión. Por el contrario, en ocasiones opera como herramienta ideológica que reproduce y sostiene esas condiciones de existencia.

Esta filosofía —de carácter inauténtico, según Villoro— , convertida en ideología, surge al fijar en el discurso un conjunto de afirmaciones que se presentan como presuntamente precisas, exactas y concluyentes. A partir de ese momento, la reflexión filosófica deja de ser flexible, quedando apresada y operando en torno a una sola idea. Bajo esta lógica geométrica, lo que se persigue es adoctrinar el pensamiento, situándolo en una relación de dependencia con teorías hechas y acabadas que, supuestamente, ofrecen soluciones únicas y perfectas — sin inconvenientes— a los problemas.

Según Vaz Ferreira, la filosofía mal enseñada favorece este escenario: cuando se transmite de manera proselitista, resaltando sólo las ventajas de una posición y las desventajas de aquellas tendencias que no se vinculan con la primera. Desde este enfoque, se generan simpatias y antipatias sesgadas, y se propicia la aparición inadvertida de falsas apreciaciones —-sobre ventajas y desventajas—- y de falsas oposiciones —entre ideas—, que resultan psicológicamente eficaces para formar sujetos con creencias rígidas.

Aquí, los sujetos cognoscentes son entrenados en su capacidad de adoptar y adaptarse a concepciones ajenas y dominantes, mientras se los incapacita al mismo tiempo, en su habilidad productiva para generar conocimientos propios y emancipadores desde una conciencia crítica y problematizadora. En tales casos, la filosofía se convierte en un verdadero “pensamiento de dominación”, reafirmando la relación ambivalente que mantiene con el poder socio- político.

Racismo filosófico y su efecto inmediato en América Latina.

En América Latina, un ejemplo de pensamiento filosófico para la dominación lo constituye el positivismo. Este se consolida, a partir de la segunda mitad del siglo xix y las primeras décadas del siglo xx, como doctrina filosófica —o herramienta ideológica— al servicio del sostenimiento del racismo estructural, así como de las desigualdades biológicas y socioculturales de los diversos grupos de individuos de la región.

Esta corriente ganó fuerza en dicho proceso gracias a su afinidad con las tendencias del evolucionismo, tanto en su dimensión biológica como en su vertiente social. Resulta que ambas doctrinas —la positivista y la evolucionista— comparten compatibilidades epistémicas y ontológicas en torno a concepciones orientadas hacia el progreso que las articulan y las potencian en su desempeño justificador del dominio.

Aquí, hablar de “progreso” equivale a concebir los diversos ámbitos de la existencia humana como insertos en un proceso de transformación que parte de estadios inferiores, inmaduros y simples —caracterizados por el desorden, el atraso y formas primitivas de desarrollo y convivencia—-, hasta alcanzar estadios superiores de madurez y complejidad, que garantizan orden, avanze y estructuras civilizadas.

En su formulación inicial, el positivismo se proclamó como la culminación de este proceso, tras superar las fases teológica —o ficticia— y metafísica —o abstracta—. Esta visión sostiene que la razón humana alcanza su madurez en la ciencia, atravesando “una infancia teológica” y “una juventud metafísica”. En la práctica, esta ley de progreso positivista resultó beneficiosa para los hombres blancos europeos, dedicados a la ciencia desde siglos atrás, atribuyéndose un mayor potencial moral e intelectual frente a los pueblos originarios.

Por otro lado, el evolucionismo biológico, fundamentado en la selección natural, plantea que los organismos con una descendencia más fértil y con mayor adaptación al entorno aseguran su supervivencia. Trasladado al ámbito social, el evolucionismo social —inspirado en Hebert Spencer—, entiende las desigualdades culturales y las relaciones jerárquicas humanas como resultado de leyes naturales, estableciendo la idea de un progreso inevitable, ya sea en cuanto al “desarrollo de la Tierra, de la vida, de la sociedad,industria, cultura, lenguaje, etc” (Blanco, 2025, p.4).

Entre esas desigualdades, los pueblos originarios fueron estigmatizados como naturalmente inferiores y situados en un estadio “atrasado” e “inferior” de la historia, lo que los hacía, según esta visión, incapaces de adaptarse a la Modernidad progresista europea. Tal concepción justificó su exclusión, exterminio y conquista de los territorios por parte de los ejércitos americanos.

En sintonía, varios positivistas latinoamericanos reforzaron estas ideas: Alcides Arguedas, describió a Bolivia como un “pueblo enfermo”, destinado a una “decadencia irrefrenable” por su legado genético indígena. En la misma línea, Zumeta habló de un “continente atrasado”, por el elevado componente nativo de sus

poblaciones. Sarmiento extendió la noción de barbarie al negro —en especial al afroargentino—, al mestizo y al español —-de estos últimos afirmaba que no podían liderar el progreso en América por su paralización intelectual—.

Resta decir que al interior del positivismo de nuestra región, la mirada no era unívoca: en referencia a México, algunos pensaban que el indígena, visto como un elemento negativo, podía transformarse en factor de progreso al mezclarse con los blancos, dando origen al mestizo como símbolo de avance.

Otros, como Gonzalez Prada, rechazaron la existencia de razas inferiores y señalaron que lo que siempre hubo fueron pueblos sometidos a la esclavitud y a la deshumanización. Su propuesta fue incorporarlos a la nación por medio de la educación, diseñada bajo parámetros europeos, tal como ocurrió con la reforma vareliana en nuestro país.

La cuestión es que, intelectuales y políticos respaldados por los prejuicios avalados por la ciencia positiva de la época, creían que Europa ocupaba, por ley natural, un estadio superior en la evolución social. Y dado que la historia se concebía como un proceso lineal y ascendente, se interpretó a Europa como el destino inevitable de la humanidad y el modelo hacia el cual debían dirigirse todas las demás sociedades y culturas.

En este contexto, la “occidentalización” se concebía como una necesidad biológica y social, indispensable para evitar que las llamadas razas inferiores quedarán atrapadas en la barbarie. Así, la violencia y la exclusión se legitimaban como parte de un proyecto civilizatorio que, lejos de integrar, buscaba anular la diversidad y subordinar cualquier diferencia al ideal europeo en nombre del progreso. Nada de esto habría sido posible — ni lo seguirá siendo— sin la complicidad de una filosofía convertida en ideología.

Filosofía latinoamericana para la liberación: un horizonte sin racismo.

América Latina podría configurarse como un horizonte regional libre de racismo estructural mediante la iniciativa de una “actividad filosófica auténtica”, inspirada en

un pensamiento de liberación y ejercida por el filósofo genuino —representado por Sócrates, según Villoro—. Este pensamiento se propondría cuestionar con honestidad, comprensión y humanidad los factores de prestigio social, poder económico y político, así como las costumbres, valores, creencias, percepciones, clasificaciones y prácticas que relegan a las personas “no blancas” a posiciones de menor reconocimiento, autoridad y acceso a derechos —como la educación y el trabajo—.

Al mismo tiempo, asumiría la tan reclamada función que, según Ardao, corresponde a la filosofía latinoamericana: la emancipación intelectual, es decir, la descolonización del pensamiento frente a las ideas foráneas y modelos europeos — en ámbitos como la cultura, el Estado, la ciudadanía, la política, la moral o la religión—, para construir en cambio, una reflexión crítica desde las circunstancias de la propia realidad y el sentir latinoamericano, reivindicando la identidad propia y respondiendo a la pregunta fundamental ¿quienes somos nosotros, los latinoamericanos?

Quizá, cuando sepamos quienes somos, comprendamos que el racismo no es un esencialismo inevitable ni una condición natural, sino una construcción histórica y social que puede ser reparada a través del ejercicio de una filosofía verdaderamente disruptiva, nacida de un sentir auténticamente latinoamericano. En este proceso de liberación todos podemos contribuir, significa que no estamos solos, sino llamados a transformar juntos la violencia racial en una realidad sin racismo. Te invito a iniciar conmigo ese camino reflexivo y revolucionario, hacia una América Latina igualitaria y justa para todos.

Bibliografía:

Blanco, O. (2025). Ciencia, progreso y discriminación: positivismo y evolucionismo en las élites intelectuales y políticas de Chile y América Latina (siglos XIX y XX). Artículo de investigación, ISSN 2452-610X. Recuperado de: https://www.scielo.cl/pdf/cuhsotem/v35/2452-610X-cuhsotem-35-34.pdf

Carnese, F.R. (2016). Introducción a la Antropología Biológica, editorial ALAB.

Pancho, J. (2005). Positivismo y darwinismo, Ediciones Akal, S.A., Madrid, España.

Segato, R.L. (2006). Racismo, discriminación y acciones afirmativas: herramientas conceptuales, Brasilia.

Villoro, L. (2013). Filosofía y Dominación. Discurso de Ingreso. México.

Vaz Ferreira, C. (1963). Lecciones sobre Pedagogía y cuestiones de Enseñanza. Homenaje de la Cámara de Representantes de la R. O. del Uruguay, Vol. 2, XV.

Uruguay (2013, septiembre 09). Ley N° 19.122. Recuperado de: https://www.impo.com.uy/bases/leyes/19122-2013

Wade, P. (2011). Raza y Naturaleza Humana. Tabula Rasa. Bogotá, Colombia, No.14. ISSN 1794-2489.

Barrera, J. (24 de julio de 2023). Aproximación al pensamiento de Spencer. Medio Mundo. Recuperado de: https://repositorio.cfe.edu.uy/xmlui/handle/123456789/2377

Barrera, J (12 de julio de 2023). Augusto Comte, el padre del positivismo. Ideas y antecedentes. Medio Mundo. Recuperado de: https://repositorio.cfe.edu.uy/xmlui/handle/123456789/2367

INDDHH y la ONSC ( julio de 2024). Informe de los 10 años de cumplimiento de la Ley 19.122. Desafíos de su implementación. Recuperado de: https://www.gub.uy/institucion-nacional-derechos-humanos-uruguay/sites/institucion-nacional-derechos-humanos uruguay/files/documentos/publicaciones/Inf_afrodescendientes_2024_completo_web_A.pdf

(28 de julio de 2025). Actividades de Udelar en Julio, mes de la afrodescendencia. Recuperado de: https://udelar.edu.uy/noticias/actividades-de-udelar-en-julio-mes-de-la-afrodescendencia

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Pregunta necesaria y pertinente:
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