
Donald Trump se presenta como forjador de imperio, o mejor dicho recauchutador de tal. Pero si algo hemos sabido de la realidad es que nunca es lo que parece. Y menos lo que se declara. Y que muy a menudo es su opuesto.
En pleno siglo XXI, persisten actos de violencia de género y crímenes de guerra que lejos de recibir una condena, continúan reproduciéndose con éxito en sociedades atravesadas por estructuras patriarcales. En particular, estoy pensando en la violación y la violencia sexual —en sus diversas formas— ejercidas especialmente contra mujeres y cuerpos feminizados.
03/02/2026 Lorena Bello Barreiro
Sociedades patriarcales, ideología, encubrimiento y dominación.
Para empezar, defenderé la idea acerca de que la desigualdad y el sometimiento de ciertos cuerpos, en sociedades patriarcales no depende de las diferencias de sexo biológico propias de la especie humana. Por el contrario, las relaciones jerárquicas de género son resultado de dinámicas humanas —fenómenos socioculturales—, más que de determinismos naturales.
Diré que el patriarcado es una construcción humana y producto ideológico que instala la convicción de que las mujeres y los cuerpos feminizados son inferiores al hombre masculinizado. Se trata de una concepción profundamente arraigada en la historia de la humanidad, sostenida por prejuicios —-como la idea de que ellas representan el sexo débil—.
A su vez, se fundamenta en falsas razones —por ejemplo, que su situación es de desventaja por su fisiología—y también se compone de enunciados injustificados —tal como afirmar que la mujer es adecuada para ser ama de casa, procreadora y cuidadora—.
Cualquiera de estos preceptos distorsiona la conciencia de los individuos sobre su real situación de existencia. Sin embargo, si la ideología es un razonamiento distorsionado —según Villoro—, entonces lo falso, prejuicioso e injustificable de sus creencias, valores e ideas, no refieren a un error cualquiera, sino a un encubrimiento.
¿Qué es lo que se oculta?: la “mucha verdad” acerca de que el patriarcado constituye un artificio naturalizado —y no un hecho natural— que responde a intereses particulares de clase y de género, con el fin de sostener una estructura específica de dominación.
Ahora bien, la dominación “sólo es efectiva cuando los dominados la aceptan” (Villoro, 2013). Esto es posible por medio de un consenso social —entre ambos géneros— que la legitime. Pero ese acuerdo contractual no es transparente con las mujeres y cuerpos feminizados. No debe serlo porque su opacidad es condición esencial para perpetuar las relaciones de subordinación.
En efecto, no cualquiera estaría dispuesto a elegir vivir en una situación de dominación en respuesta a intereses ajenos. Por ende, la dominación “tiene que presentarse como no- dominación” (Villoro, 2013).
La violación sexual como acto moralizador e impunitivo.
En un sin fin de escenarios patriarcales, la presunta “no dominación” por parte del hombre masculinizado hacia las mujeres y cuerpos feminizados se manifiesta usualmente, a través de un tipo de acción sumamente agresiva, degradante y represiva, basada ella, en ocasiones, en un imperativo normativo— un deber ser éticamente disfrazado— de corrección, regulación y disciplinamiento del comportamiento de dichos cuerpos.
Esa acción es lo que conocemos como “violación sexual”. Por ejemplo: para la cultura achuar, se reproduce la convicción de la incapacidad de las mujeres de poder sobrevivir solas en el vasto mundo. Lo que las vuelve dependientes del hombre —de la paciencia y ternura de su señor—.
Y el hombre es quién debe educar —domesticar— a la mujer. Hace esto apelando a la violencia física —y psicológica—, y también a la violación —que para ellos no es violación sino un acto moralizador e impunitivo—.
La buena esposa —puede tratarse de una mujer secuestrada de otro grupo indígena con miras de apropiarse de su capacidad reproductiva— debe
desarrollar mansedumbre. En el proceso de domesticación, adquiere cicatrices en el cráneo como producto de los golpes de su pareja. También la somete a sexo forzado, pero que ella termina naturalizando como una forma de relación conyugal normal.
Opino que, este podría constituir un ejemplo evidente —aunque ceñido por una perspectiva culposamente etnocentrista— de mecanismo de encubrimiento de la dominación. Sin embargo, es importante advertir al lector, que la dominación masculina, entre los achuares, tiene algunos desniveles debido a que hay mujeres con temperamento fuerte y vigoroso.
Respecto de los cuerpos feminizados —ejemplo de ello lo son los hombres que se comportan como auténticas esposas por trabajar en los huertos y preparar la comida— sienten una repugnancia inminente.
La violación sexual como arma de guerra para la destrucción moral del enemigo.
Sin embargo, la violación y la violencia sexual, según investigaciones de Rita Segato —antropóloga y activista feminista argentina—, constituyen también un acto desmoralizador, o como ella misma lo expresa: “es en la violencia ejecutada por medios sexuales donde se afirma la destrucción moral del enemigo” (2014, p.61).
Asegura que en los escenarios bélicos nuevos —informales y paraestatales—-, es donde dicho accionar, de “ilimitada capacidad violenta y de bajos umbrales de sensibilidad humana” (2014, p.61), pasa a ser entendida como “arma de guerra” y “objetivo estratégico militar” —inclusive en escenarios genocidas–. Desde este contexto, las mujeres y cuerpos feminizados se convierten en el “bastidor” —terreno-territorio— sobre el cual, la estructura de la guerra se manifiesta a través de la violación y la violencia sexual.
Arguye que ya no consisten en un “daño colateral”; por el contrario, “han adquirido centralidad en la estrategia bélica” (2014, p.59), tratándose de una violencia premeditada y fríamente calculada —como un medio racionalmente
elegido—, en lugar de un acto gobernado por impulsos libidinales y en respuesta a síntomas psicopatológicos —tal como la tradición médica lo atribuye—.
Luego, por medio de la violencia infligida en dichos cuerpos –cometidos por sujetos normales y no enfermizos– el efecto, para Münkler será “la emasculación y humillación que retira la asertividad de los vencidos por no poder proteger a sus mujeres” (Segato, 2014, p.63).
He ahí la desmoralización, la cual sirve, o bien para instalar la “estigmatización” y el “ostracismo” de los cuerpos violentados, o bien para “disolver el tejido social, sembrar la desconfianza y romper la solidaridad comunitaria” (Segato, 2014, p.65).
Violaciones, violencia sexual y muerte en el festival de música Nova.
Un ejemplo que sustenta las afirmaciones de Segato lo encontramos en el reciente escenario bélico, perpetrado durante el festival de música Nova, el día 07 de octubre de 2023, en suelo israelí, por combatientes de Hamás —matando en principio a unas 1.200 personas y tomando 251 rehenes—.Allí la violencia sexual apareció como parte estratégica del ataque, más específicamente como “arma de guerra”.
En palabras de Ruth Halperin-Kaddari —-académica y experta en derechos de familia y derechos internacionales de la mujer—, desde un principio las mujeres “eran parte de su objetivo porque representan la creación de la vida, lo que para Hamás se traduce en más ciudadanos enemigos en el futuro” (Penadés, 3N, Mundo, 10 de julio).
Explica que las evidencias de violencia sexual estaban esparcidas por todo el descampado del festival: “cuerpos mutilados, disparos en los órganos genitales femeninos y cuerpos de mujeres encontrados en posiciones extrañas que evidencian que ha habido una agresión sexual previa al asesinato” (Penadés, 3N, Mundo, 10 de julio).
Posteriormente, habiendo el conflicto alcanzado los umbrales del genocidio, en octubre de 2025, el gobierno israelí y Hamás acordaron la primera fase del plan de paz que condujo a un alto el fuego en Gaza. Los rehenes liberados y sobrevivientes —mujeres y varones—, pudieron brindar testimonio de las violaciones reiteradas y la violencia sexual por las que tuvieron que pasar en manos de sus captores.
Es aqui importante señalar que, la violación de varones es entendida como la feminización de sus cuerpos, desplazando al individuo a la posición femenina —de inferioridad—-. En definitiva, es un hecho constatable que seguimos viviendo dentro de estructuras patriarcales, en donde la violación juega un papel necesario en la conservación, e inclusive, en la restauración de la economía simbólica del poder masculino frente al femenino.
El mandato moral de la violación y el paradigma de la masculinidad.
Al mismo tiempo, añade Segato que la violación se presenta como un “deber ser”. El violador debe violar, sea en un escenario bélico o en la vida doméstica de sus hogares. Debe cumplir con ese mandato. Y cuando comete ese acto, lo hace “en compañía” de otras presencias “simbólicas” —como lo es el paradigma de la masculinidad—-.
Desde este lugar, el que viola se presenta como un individuo socialmente presionado, que debe encarnar el modelo de masculinidad en su forma bien realizada y exitosa. En otras palabras, el hombre violador es producto de grupos sociales patriarcales, y para nuestra sorpresa, suele desintegrarse en el acto —conclusión a la que llega Segato en base al análisis de los discursos de personas presas por delitos sexuales—.
Dicho así, se reafirma la idea de que el atributo sexual no tiene que versar siempre en la satisfacción de un impulso incontrolable y en la mera intencionalidad de retirar por la fuerza todas las posibilidades de libre disposición y autonomía de la víctima sobre su propio cuerpo individual.
En cambio, se puede además, pensar este acto como una cuestión normativa —en respuesta a valores y normas de conducta compartidas por grupos sociales o subculturas— cuyo fin consiste en perpetuar las relaciones de desigualdad, de poder, de dominación de los cuerpos a nivel de la vida en sociedad.
Por último, cabe destacar que, si la violación es un mandato cultural y el violador es un producto social, entonces, lo acertado es reconocer que la propia sociedad tiene responsabilidad sobre el delito sexual. No por ello el victimario es menos responsable. Pero no es el único.
Un compromiso ineludible de mujeres, cuerpos feminizados y hombres.
Resta señalar una última cuestión: como mujeres y cuerpos feminizados que seguimos habitando bajo una cultura y una legislación atravesadas por el sesgo patriarcal —donde muchas veces se responsabiliza a las víctimas de haber sido violadas y numerosos actos de violencia sexual carecen de condena, o en su defecto, no tienen una condena justa— resulta fundamental asumir un compromiso ineludible.
Este compromiso —que debe también ser asumido por aquellos varones capaces de admitir los efectos nocivos que la ideología de la masculinidad patriarcal produce en ellos mismos— implica lo siguiente: transformar la mirada impune frente a las agresiones sexuales, visibilizándolas como lo que verdaderamente son: actos criminales.
Supone también avanzar hacia el reconocimiento pleno de las denuncias de violación y violencia sexual, resistir los mandatos de discriminación por motivos de género y construir espacios fermentales en beneficio del desarrollo de un pensamiento de liberación que desafíe y supere el paradigma patriarcal.
La liberación es posible si luchamos juntos. Aunque el cambio pueda parecer lento, cada voz que se alza en defensa de una sociedad donde permanezca el género pero no el patriarcado, nos recuerda que ese futuro no es una utopía, sino una meta alcanzable.
Bibliografía:
Segato, R. L. (2014). Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. Ediciones Tinta Limón.
—--------- (2003). Las estructuras elementales de la violencia: Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. 1era edición Bernal, Universidad nacional de Quilmes, Argentina.
Stolke, V. (2004). La mujer es puro cuento: la cultura del género. Estudios Feministas, Universidad Autónoma de Barcelona.
Villoro, L. (2013). Filosofía y Dominación: Discurso de ingreso. Primera edición, año 2013. México.
Kottasová, I., karni, D. (8 de julio de 2025). “Hamas usó la violencia sexual como “arma de guerra”, dicen rehenes liberados en Gaza en un informe isrelí. CNN Mundo español. Recuperado de: https://cnnespanol.cnn.com/2025/07/08/mundo/rehenes-gaza-victimas-violencia-sexual-hamas-guerra-trax
Penadés, Elba (10 de julio de 2024). Ruth Halperin- Kaddari, experta en derechos de la mujer: “La violencia sexual era parte del ataque de Hamás”. 3N Mundo. Recuperado de: https://www.antena3.com/noticias/mundo/ruth-halperinkaddari-experta-derechos-mujer-violencia-sexual-era-parte-ataque-hamas_20240710668e85d0c53ff80001782edc.html

Donald Trump se presenta como forjador de imperio, o mejor dicho recauchutador de tal. Pero si algo hemos sabido de la realidad es que nunca es lo que parece. Y menos lo que se declara. Y que muy a menudo es su opuesto.


El jueves 29, a las 18 horas, en el Paraninfo de la Universidad de la República (UDELAR), se realizará el seminario “Agresión Imperialista en Venezuela, retos y desafíos del derecho internacional”. Un día después, a partir de las 18 horas, se desarrollará en la explanada de la UDELAR el festival Canto y Poesía por la Paz, con la actuación de más de 16 artistas.

Leer, escuchar los comunicados “periodísticos” a los que acceden los lectores (los más ingenuos) en Uruguay; los internacionales Deutsche Welle o France 24 o los de la prensa y radio locales, como Carve, Radiomundo, Sarandí, las oficiales, equivale a escuchar “la voz del amo” y exclusivamente o casi, sólo que presentándose a sí mismos como “objetividad periodística”, pero reproduciendo aquella sin pausa.

En pleno siglo XXI, persisten actos de violencia de género y crímenes de guerra que lejos de recibir una condena, continúan reproduciéndose con éxito en sociedades atravesadas por estructuras patriarcales. En particular, estoy pensando en la violación y la violencia sexual —en sus diversas formas— ejercidas especialmente contra mujeres y cuerpos feminizados.