Estoy podrido de una sociedad que, evidentemente y cada día con mayor intensidad, parece orientarse hacia la crispación, la inmediatez y el individualismo. Una sociedad en la que la autosuficiencia se confunde con independencia, la meritocracia se transforma muchas veces en una justificación de la indiferencia, y los vínculos son cada vez más numerosos pero paradójicamente más estériles; imponiéndose sobre aquello que verdaderamente nos constituye como seres humanos: la empatía, la solidaridad, la capacidad de realmente tender una mano, la valoración del otro y, sobre todo, la posibilidad de establecer conexiones genuinas.